Miércoles 23 de Enero de 2008. 32 días antes del asesinato.
El pasillo parecía no tener fin. Al principio estaba muy iluminado y de vez en cuando quedaba interrumpido por pequeñas salas, que formaban una especie de descansillos con butacas y sofás o un habitáculo en el que desembocaban majestuosas escaleras y puertas de ascensor. Pero cada vez se había ido volviendo más sombrío y ya no recordaba cuantas puertas había rebasado desde el último punto que me permitía acceder a otros niveles.
El pasillo resultaba inquietante, pero lo más inquietante era la ausencia de personas. No recordaba haberme cruzado con nadie desde que con la nota en la mano salí de mi camarote y empecé a andar. Y el silencio. No se oía absolutamente nada, ni voces, ni murmullos, ni el sonido del agua al correr por las tuberías, ni música de ningún tipo, tampoco se oía el ruido de los motores, ni se percibía vibración alguna. Por no oírse no sonaban ni mis pasos amortiguados por la moqueta del suelo. Entonces me di cuenta de que estaba andando descalzo, había salido tan precipitadamente que ni me había puesto los zapatos. Eso me inquietó aún más. No me gusta andar descalzo, de hecho, en la piscina, no me quito las zapatillas hasta llegar al borde del agua y las recupero tan pronto como salgo. Solo ando descalzo en la playa, el contacto con la arena es lo único que me proporciona placer. Me sentía medio desnudo y temía el efecto que causaría si me cruzaba con alguien, sin embargo eso parecía poco probable.
Sabía que avanzaba porque la numeración de los camarotes iba creciendo. En ese momento tenía el 6120 a la derecha y el 6620 a la izquierda. “¡Qué incongruencia!” pensé, ¿quien habría diseñado esa numeración tan poco lógica?. Seguí caminando, al principio casi corría pero me lo fui tomando con más calma. No era cuestión de llegar agotado y sin fuerzas para actuar, mejor tardar un poquito más y llegar en plena posesión de mis facultades físicas. Porque no tenía ni idea de lo que me iba a encontrar.
Mentalmente, sin darme cuenta, empecé a contar las puertas: una, dos, tres, cuatro,...., nueve, diez y un giro de noventa grados a la derecha, una, dos, tres, cuatro y un giro a la izquierda, una nueva serie de diez y un nuevo giro a la izquierda, cuatro más y giro a la derecha y la serie volvía a empezar. Cuando volví a fijarme en la numeración descubrí que había avanzado hasta el 7314. Un nuevo detalle llamó mi atención, no sabía si todo el tiempo había sido así pero, ahora, los números no eran correlativos, tanto a la derecha como a la izquierda, los números de los camarotes iban saltando de tres en tres, de cinco en cinco, hasta de diez en diez. Perfecto para orientarse, perfecto para buscar a alguien.
Saque por enésima vez la nota del bolsillo trasero de mi pantalón. La nota y la tarjeta magnética que la acompañaba. La tarjeta no daba ningún tipo de información. La nota solo ponía en una exquisita caligrafía la palabra; “Ayúdeme” y el número 10534. Unos golpes me habían hecho levantar, ponerme el pantalón del pijama y abrir la puerta para ver quien me importunaba a esas horas y porque. No había nadie y ya estaba cerrando para acostarme de nuevo cuando descubrí que en la bandeja donde, normalmente, el camarero depositaba los diarios de a bordo había algo. Una nota y una tarjeta. Me estremecí al leer la nota y sin pensar en nada empecé a correr buscando el camarote 10534.
No eran imaginaciones mías: la luz era tan tenue que prácticamente no se veía nada. Un túnel gris en el que solo destacaban muy pálidamente los dorados números estampados en las puertas. Al pasar junto al 8888 lo oí. No eran pasos, porque en ese suelo no podían sonar las pisadas, más bien era como algo que se deslizaba, el roce de unos pies arrastrándose sobre la moqueta. Lo curioso era que ese sonido cesaba cuando me paraba a escuchar, se reanudaba cuando empezaba de nuevo a andar y se aceleraba si aumentaba mi propia velocidad. Llegué a pensar que era yo mismo el que provocaba ese ruido, pero eso era imposible. Evidentemente procedía de mi espalda y no seguía mi mismo ritmo, hice la prueba saltando y la cadencia de los movimientos que me seguían continuaba siendo la misma, más rápida, pero correspondía a pasos y no a saltos.
Una parte de mi cerebro me pidió que retrocediera y averiguara quien era el intruso que me seguía de forma tan sibilina y que me enfrentara a él si era necesario. Otra parte me aconsejaba que pusiera tierra, en este caso pasillo, de por medio y me alejara tanto como pudiera. Cuando me vi corriendo supe qué parte había ganado. Sin embargo no conseguía separarme de mi perseguidor, su deslizar seguía sonando con la misma intensidad, señal inequívoca de que se mantenía la distancia.
De pronto el zigzag del pasillo cesó, se habían acabado los giros a derecha e izquierda. Frente a mí un largo y recto pasillo iluminado solo por las luces de emergencia. La búsqueda estaba llegando a su fin, si lograba desprenderme de mi perseguidor averiguaría el secreto del camarote 10534, sabría si mi misión finalizaba, o no, con éxito, sabría qué era lo que estaba haciendo en ese lugar. Cuando iba más o menos por la mitad de ese largo tramo descubrí que el sonido había desaparecido, en realidad había sido sustituido por otro distinto. Un sonido penetrante que recordaba los chillidos de los murciélagos, pero un sonido continuado y que iba aumentando de intensidad. Lo que fuera que avanzaba tras de mí, probablemente ya estaría a la vista, pero no tuve el valor de girar la cabeza para ver de que se trataba. Intenté correr, pero cuanto más rápido iba más lentamente pasaban las puertas por mi lado, me pesaban los pies, tenía que hacer un esfuerzo sobrehumano para adelantar un pie después del otro. Parecía como si todo se moviera a cámara lente, todo excepto lo que me perseguía. Cada vez lo sentía más cerca, como si estuviera a punto de rozar mi nuca, como si en unos instantes me fuera a agarrar por el cuello. Por fin llegué al final del pasillo. En la mano llevaba preparada la tarjeta magnética. La introduje en la ranura de la última puerta, pero esta no se abrió. Descubrí con horror que el último camarote tenía el número 10533, no existía el camarote 10534.
Apoyé la espalda en la puerta y quedé de cara a lo que provocaba mi terror. Estaba seguro de que me había puesto los pantalones cuando me levanté de la cama, pero ahora me encontraba completamente desnudo. Me acurruqué en el suelo dispuesto a esperar el final. Una intensa luz me deslumbró y grité ...
- ¿Qué te pasa?- La voz de Marga me tranquilizó.
- Nada.- Jadeé.- Una pesadilla.
- ¡Pues anda que no te movías! ¡Y como chillabas! ¿Qué soñabas?
- No lo recuerdo.- Mentí.- Pero lo estaba pasando muy mal.- Poco a poco mi ritmo cardíaco iba volviendo a la normalidad, poco a poco iba tranquilizándome.- Voy a tomarme un vaso de leche.
Me levanté y me dirigí a la cocina, antes de llegar a ella pasé por el comedor y saqué una botella de ron del mueble bar. Un vaso de leche caliente está muy bueno y va muy bien para conciliar el sueño pero en ese momento lo que necesitaba era un buen lingotazo.
Cuando regresé a la cama, Marga dormía de nuevo placidamente. Me acosté y pasé el resto de la noche viendo como avanzaban los números del reloj digital, eso sí de forma ordenada y uno cada sesenta segundos.
Normalmente no sueño y si sueño no recuerdo lo soñado. Muy rara vez tengo pesadillas y cuando las tengo siempre obedecen a alguna preocupación. Tenía claro que la de esta noche era debida al crucero. Si creyera en premoniciones sabría que esta pesadilla era una clara indicación de que el 11 de Febrero debía quedarme tranquilito en casa y no embarcarme en extrañas aventuras, que probablemente iban a terminar mal. De todas formas la decisión de no ir estaba prácticamente tomada.
Claro que no creo en premoniciones ni señales y me gustan los retos.