Miércoles 6 de Febrero de 2008. 18 días antes del asesinato.
Por la tarde un fugaz paso por la oficina me había revelado que nadie había intentado ponerse en contacto de nuevo conmigo.
Quizás hasta este momento no fui plenamente consciente de lo que iba a suceder. Paralelamente a la posible investigación iba a vivir una experiencia que podía, que debía, ser gratificante. El barco ya lo conocía. Un pequeño buque de crucero, si lo comparaba con los monstruos de Royal Caribbean, MSC o Costa Cruceros por poner solo tres ejemplos, claro que el número de pasajeros estaba de acuerdo con su tamaño y no tendríamos que compartir espacio con dos o tres mil personas. Las pequeñas piscinas bastaban para darse un remojón y tomar, luego, el sol en alguna de las hamacas de los solariums. El gimnasio era testimonial y la piscina cubierta de proporciones escasas. Íbamos, no obstante, a vivir una novedad: el todo incluido que nos permitiría degustar toda clase de combinados y bebidas prácticamente a cualquier hora. Faltaba comprobar si eso había hecho que bajara la calidad, de los propios combinados o de todo en general. Recordaba todo lo que tres años antes había leído acerca de la pésima calidad de la comida en el Holiday Dream, de los poco surtidos y repetitivos bufets. Nuestra propia experiencia nos había demostrado que los comentarios son muy subjetivos y que lo que a alguien le parece horrible a mi puede encantarme y viceversa, por supuesto. También había comprobado que se molestan más en escribir los que han tenido malas experiencias que los que lo han pasado bien y que los que escriben para quejarse, generalmente opinan mal de todo y aunque tengan razón exageran un poco. Tres años antes habíamos comprobado que los bufets eran espectaculares y que la comida en el restaurante exquisita y abundante. Teniendo en cuenta, claro, que no esperábamos “alta cocina”, que no buscábamos chuletones de Ávila, ni paellas de Valencia, ni centollos de Vigo, esperábamos una comida correcta a bordo de un barco y esa expectativa se había visto superada con creces (y con unos cuantos kilos añadidos a nuestros cuerpos serranos que luego hubo que perder con terribles esfuerzos). En unos días podríamos comprobar si la calidad se mantenía o se había perdido en alguna de las escalas, si era mejor una pensión completa con las bebidas a parte o un todo incluido con bebidas alcohólicas (aunque de marcas medias) o sin alcohol a todas horas.
Otro aspecto atrayente eran los lugares que tendríamos la oportunidad de visitar. Había visto cientos de fotos, pero hasta ahora no había pensado en que íbamos a ser protagonistas de esos lugares. Recorreríamos las cubiertas del barco que nos había introducido en el mundo de los cruceros, disfrutaríamos de la amabilidad (sincera o forzada) de su tripulación, pasearíamos entre los multicolores edificios de Curaçao, nos haríamos fotos junto al divi divi en Aruba, nos impregnaríamos del olor de las especias en Grenada, nadaríamos entre tortugas en Barbados, recorreríamos los Cayos de Tobago o tomaríamos una cerveza en el set del rodaje de “Piratas del Caribe”, volaríamos junto al Salto del Angel en Venezuela y compraríamos perlas en Isla Margarita. No pintaba nada mal el viaje, si se obviaba el motivo que nos llevaba al Caribe.
Aunque quizás al final no pasara nada. Era una posibilidad que no había que descartar. Si la persona amenazada sufría una especie de paranoia, puede que nos hubiera invitado sin motivo. Muy normal no tenía que ser, puesto que la forma de ponerse en contacto, la forma de intentar asegurarse su protección era tan surrealista que cabía la posibilidad de que la amenaza solo existiera en su mente. En este caso pasaríamos un par de semanas a cuerpo de rey por nada. Aunque no podía bajar la guardia, éticamente me sentía obligado con esa persona y tenía que partir de la base de que la amenaza era real.
Aún quedaban cosas por preparar, cosas que comprar: las biodraminas con cafeína por si el barco se movía demasiado, un par de cámaras acuáticas de un solo uso, pilas para la cámara digital, cintas vírgenes para la cámara de video, había que cargar baterías, vaciar la tarjeta de memoria de la cámara, seleccionar la documentación que iba a llevarme, ... pequeños detalles en los que Marga no intervenía. Me dormí convencido, como siempre antes de iniciar un viaje, de que me olvidaba algo. Algún detalle, alguna tontería que luego echaríamos en falta y tendríamos que comprar. No me preocupa tanto por el hecho de comprarla sino por que en según que sitios es complicado o imposible obtener determinadas cosas y además el encontrarlas provoca una innecesaria perdida de tiempo.
Es algo que nunca he conseguido evitar. A veces resulta acertada la impresión y descubro que olvidé llevar una gorra que me proteja del sol o la pomada que mitiga el escozor de las picaduras de mosquitos, la mayoría de las veces no echo nada en falta; no obstante en una inquietud de la que no me puedo librar.
Solo faltaban cinco días para la partida. Cinco días para dejar atrás el frío de Barcelona y enfrentarnos a dos semanas repletas de interrogantes.