Domingo 24 de Febrero de 2008 / Isla de Coche. El asesinato.
Marga me despertó.
- Han dejado una nota bajo la puerta.
- ¿Fanny con la confirmación del vuelo de regreso?
- Mas bien no.
- ¿Cómo?
- Mira.- Me mostró una hoja con cuatro palabras: “Isla de Coche. Paradise”. La letra hacía innecesaria cualquier firma.- ¿Qué significa Paradise?
- En la guía de bibi se hablaba de un hotel en El Yaque, llamado Paradise, desde el que se podía embarcar hacia Coche. Habrá que ir a Coche.
- ¿Cómo? No hay tiempo.
- Si vamos en taxi sí.
- ¿Por nuestra cuenta?
- Claro.
- No me hace nada de gracia. ¿Iremos solos?
- Veremos si Marivi y Manolo quieren ir con nosotros.
- No querrán.- Habíamos comentado con ellos la posibilidad de ir por nuestra cuenta a Coche, pero se habían mostrado reticentes, lo que le valió a Marga como excusa para no ir. Ahora si queríamos ser fieles a nuestro compromiso era lo que debíamos hacer.
Efectivamente no quisieron, no les apetecía tomar un taxi y luego una lancha para pasar unas horas en la playa, playa ya la tenían atravesando la calle, dijeron. De hecho yo prefería que no vinieran, pero Marga estaba intranquila. Al final decidimos que iríamos solos.
De regreso a la habitación para coger las cosas que nos íbamos a llevar nos cruzamos con una de las dos parejas que seguían en nuestra lista de sospechosos. Marga les soltó a bocajarro:
- ¿Vais a Coche?
- ¿Como?
- Perdona por la brusquedad, estamos buscando a alguien para ir a la isla de Coche a pasar el día y nos han dicho que vosotros vais a ir, ¿es cierto?
- ¿Quien os ha dicho eso? Nosotros no vamos a ningún sitio.
- ¡Ah! Entonces perdonad, se habrán confundido.
Nos separamos dejándoles con un montón de preguntas que no esperamos a que formularan y seguro que con la extrañeza por la forma en que les habíamos abordado. Pero tanto daba, no había tiempo que perder. Lo que tanto habíamos temido estaba a punto de producirse y por fin sabíamos quienes eran los protagonistas de la historia.
- Recuerdas quienes quedan.
- Esos eran Pedro y Clara. Así que nuestra pareja la forman Alberto y Teresa.- Saqué la lista del bolsillo y consulté el número de su habitación.
- Vamos a ver si están.
Llegamos a su puerta y llamamos sin obtener resultado alguno, como era de prever.
- Nada. Vamos, hay que llegar lo antes posible.
Pedimos un taxi en el lobby y le pedimos al taxista que nos llevara a El Yaque. Por el camino nos informó de todo lo que había que saber sobre la isla de Coche y la manera de llegar a ella. Nos contó, entre otras cosas, que la isla tiene 11 kilómetros de largo y 6 de ancho y su altura máxima es de solo 60 metros. Nos dijo que los visitantes de la isla desembarcaban en San Pedro y que desde El Yaque había varias maneras de ir, una de ellas era mediante un servicio de lanchas que partían desde el Hotel Paradise o con una barca que hacía el recorrido hasta la isla desde el propio muelle de El Yaque. Ya en la isla las opciones eran variadas: tomar el sol y disfrutar del agua y de la blanca arena, un sin fin de actividades acuáticas, realizar un recorrido en vehículo descubierto para conocer los más recónditos rincones de la isla, pasear en bicicleta, en fin nos garantizó que no nos íbamos a aburrir.
El taxi nos dejó en la recepción del hotel Paradise. Allí mismo compramos los billetes para el trayecto de ida y vuelta a Coche. Un trenecito nos llevó hasta el embarcadero donde nos montamos en una lancha. Éramos casi los únicos pasajeros porque la mayoría habían hecho el trayecto una hora antes. Hasta las diez y veinte no pudimos poner pie en la pequeña isla.
- Y ahora ¿qué?- Preguntó Marga.
- ¡A buscar!
Caminamos hacia un lado y otro de la playa de forma apresurada, buscando entre las hamacas, sin éxito. Recorrimos el recinto del hotel y tampoco encontramos ni a Alberto ni a Teresa. Había gente pero no tanta como para que se nos escaparan o pasaran desapercibidos. Ampliamos el campo de búsqueda a las zonas aledañas. Evidentemente no estaban ahí.
- ¿Qué hacemos? No podemos recorrer toda la isla buscándoles.
- No, esto es demencial. Sabemos quienes son y sabemos que están aquí. Pero no podemos encontrarles.
- Espera, si quisieras acabar conmigo, no lo harías aquí ¿verdad?
- ¿A la vista de todos? No creo.
- Buscarías un lugar aislado donde simular un accidente ¿no?
- Más o menos.
- ¿Qué nos dijo el taxista?
- ...
- Que hay unos vehículos que te llevan a recorrer la isla, seguro que alguna de sus paradas se realiza en un punto aislado.
- Vamos a preguntar.
En el hotel nos informaron de la posibilidad de hacer esa excursión por la isla y nos relataron en que consistía: un recorrido por el sur para admirar las desiertas planicies hasta las Salinas, luego la visita a la Playa del Coco de coloridas colinas y que se denominaba como “el gran cañón en pequeño” en referencia a su similitud con el cañón del Colorado para terminar en la Playa del Amor. Los vehículos habían iniciado la ruta a las diez y hasta las doce no harían otra tanda. Faltaban unos minutos para las once.
- ¿No hay otra manera de hacer ese recorrido?- Pregunté.
- Si, tenemos contactos con algunos todo terreno que hacen rutas por la isla, lo que no sé es si estará alguno disponible.
Tuvimos suerte y diez minutos después un hombre rechoncho se acercó a nosotros requerido por la señorita del hotel. Iba a contarnos que es lo que podía ofrecernos, pero no le di opción.
- ¿Puede llevarnos a la Playa del Amor?- le espeté.
- Si claro. Y antes podemos pasar por ...
- No, por favor. Directamente a la playa y lo más rápido que pueda.
- Hombre, eso se sale de lo normal, será más caro.- Alegó.
- Si llegamos antes de las once y media, no habrá ningún problema con el precio.- Afirmé.
Tuvimos que correr para no perderle en su carrera hasta el todo terreno.
- ¿Por qué la Playa del Amor?- Preguntó Marga mientras dábamos tumbos a toda velocidad.
- Porque es la única a la que podemos llegar a tiempo. Si Alberto espera su oportunidad en esa playa aún podemos llegar antes de que ocurra nada. Si ha elegido otro sitio, ya se la habrá cargado y tanto da donde vayamos.- Después grité para que me oyera el hombre:- ¿Todos los turistas hacen el mismo recorrido? ¿Todos terminan en la Playa del Amor?
- No. Para que no se masifique, unos finalizan en la Playa del Amor y otros en la del Coco.
- ¡Vaya!- Exclamé con fastidio.
- Pero los que salen del Paradise siempre terminan en la del Amor.
El asfalto hacía tiempo que había desaparecido, nuestros cuerpos empezaban a resentirse de los traqueteos que la pista de tierra provocaban en el todo terreno. Pero por fin llegamos a la playa. Faltaban diez minutos para la media, un trayecto que normalmente se hacía en media hora se había hecho en menos de quince minutos.
- ¡Espérenos aquí!- Ordené mientras saltaba del vehículo y seguido por Marga me encaminaba hacia la orilla.
El lugar resultaba idílico, una pequeña playa de aguas azules y arena blanca, flanqueada por un promontorio que en un extremo formaba un pequeño acantilado. En el lugar donde paró nuestro chofer se encontraban dos de los vehículos que transportaban a los turistas. Unas cuantas personas estaban alrededor bebiendo cerveza o coca-cola, unas cuantas más estaban en la playa tomando el sol y el resto metidos en un agua clarísima. Caminamos hacia el otro extremo de la playa escudriñando todos los rostros, buscando coincidencias con la imagen que de nuestra última pareja guardábamos en nuestras retinas.
- ¡La duquesa!- Gritó Marga de pronto.
- ¡Que dices!.- Exclamé.
- ¡Allí! En el camino del acantilado, acaba de desaparecer.
- ¿Sola?
- No, iba con alguien. Un hombre pero no he podido ver si era el estreñido.
No hacía falta hablar más. Me puse a correr en dirección al punto señalado por Marga, allí por donde Susana había desaparecido. No entendía nada y no creía en una imposible casualidad, no podía ser que Susana y Amadeo hubieran tenido la feliz idea de venir a Coche el mismo día en que nuestro asesino iba a matar a su mujer. Y si Susana era la persona amenazada, ¿por qué no se había dado a conocer cuando me identifique estando ella sola sin la opresión del marido? Habíamos acabado con Teresa y Alberto como principales sospechosos por descarte de los demás, no porque nada evidenciara que fueran ellos los potenciales asesino y víctima y ahora nos encontrábamos con Susana y Amadeo en el lugar en que con toda probabilidad iba a producirse un crimen o por lo menos un intento de asesinato. La carrera me estaba dejando exhausto, jadeando cubrí los últimos metros del camino.
Dejé de pensar, estaba llegando a la cima del acantilado y lo que vi hizo que mi cuerpo lanzará una nueva dosis de adrenalina que me permitiera no desfallecer: Amadeo y Susana estaban forcejeando al borde del acantilado. Solo unos metros me separaban de ellos. Horrorizado comprobé que Susana tenía ya un pie en el vacío, finalmente Amadeo iba a conseguir su objetivo. No iba a quedar impune, por supuesto, pero iba a acabar con la vida de Susana, la asustada mujer que había recurrido a mi ayuda en vano.
Saqué fuerzas de donde no las había, mis piernas impulsaron mi cuerpo hacia adelante en un intento final de llegar antes de que Susana cayera sobre las rocas bañadas por el mar. Cuando llegué a su lado seguían forcejeando, Susana se resistía a caer, Amadeo no conseguía zafarse de las manos de su esposa. Lo que sucedió a continuación ocupó un breve instante de tiempo, en ese momento no fui consciente de lo que sucedía, no me di cuenta de lo que estaba haciendo, solo sé que con una mano aferré el brazo de Susana y con la otra di un manotazo al de Amadeo. El resultado fue que el hombre se desequilibró y mientras yo tiraba de la mujer hacia mí, su cuerpo empezó a ser vencido por la gravedad. Mi cerebro repite las imágenes a cámara lenta: Susana abrazada a mí mientras su marido caía gritando por el acantilado hasta terminar destrozado en las rocas del fondo.
Pasamos unos segundos así, abrazados al borde del mortal destino reservado para Susana y ocupado, ahora, por Amadeo. Cuando Marga llegó junto a nosotros empecé a reaccionar:
- ¡Ha sido un accidente!, diremos que ha sido un accidente. Estaba paseando a unos metros del borde, su marido se aproximó demasiado y perdió el equilibrio. Luego llegamos nosotros.- Le dije a una Susana que estaba como ida, con la mirada perdida, sin ser consciente aún de lo que había estado a punto de pasar y no había pasado. Sin ser consciente aún de que lo que había planteado como último recurso había resultado, al fin, efectivo. Sin ser consciente aún de que el verdugo se había convertido en víctima, de que no solo había conseguido sobrevivir sino que además su problema quedaba resuelto, ya que Amadeo no podría volver a intentarlo nunca más.
Empezábamos a bajar por el camino cuando llegaron hasta nuestra altura dos de los bañistas y uno de los conductores de los vehículos que les habían llevado a esa playa, supongo que alertados por el grito de Amadeo.
- ¡Su marido se ha despeñado!- Gritó Marga dirigiéndose a ellos.- ¡Esta trastornada!
- Pero ¿qué ha pasado?.- Preguntó el conductor.
- ¡Un terrible accidente! Se ha asomado demasiado al borde y se ha caído. No hemos podido hacer nada, estábamos demasiado lejos.- Marga les repetía la historia una y otra vez. Sin darse cuenta estaba consiguiendo que las tres personas la hicieran suya.
Yo llevaba a Susana casi en volandas. Al llegar a la playa toda la gente se arremolinó a su alrededor. Unos atendiendo a Susana, otros haciendo preguntas, unos cuantos caminaron hasta el final de la playa para comprobar si podían ver el cuerpo de Amadeo. El otro conductor llamó por teléfono a la policía.
Alejándome un poco de la multitud le mostré 100 euros al hombre que nos había llevado hasta la playa y le pregunté si le parecía suficiente por habernos traído. Los aceptó encantado. Entonces le dije que podía dejarnos allí, que cuando se aclarara todo ya regresaríamos con los demás. Al hombre le pareció perfecto y sin que nadie reparara en él desapareció.
Llegó la policía, por tierra y por mar. Empezaron las preguntas, el protagonismo de los demás hizo que nosotros quedáramos un poco al margen a pesar de haber sido testigos de primera línea. Uno de los chóferes dijo que había visto al hombre solo al borde del acantilado, dos turistas confirmaron que cuando el hombre cayó, Susana, Marga y yo estábamos a más de diez metros de él. Nadie recordó que habíamos llegado por nuestra cuenta a la playa y finalmente al subir junto a los demás para ser trasladados hasta la comandancia de la policía para oficializar los interrogatorios ésta dio por supuesto que habíamos llegado todos juntos y no se planteó hacernos ninguna pregunta que no pudiéramos contestar sin desvelar toda la historia.
La policía tomó los datos de todos los presentes y retuvo a los que alegamos haber visto algo. Siempre temí que Susana se desmoronara y confesara que la caída había sido posterior a un forcejeo. Eso nos dejaría en una situación muy incómoda que, a pesar de que posiblemente al final se aclarara, nos podía traer muchos quebraderos de cabeza. Nos quedamos sin comer pero después de una larga y completa declaración fuimos acompañados hasta el embarcadero para que pudiéramos regresar a Isla Margarita, con la única condición de que permaneciéramos en el hotel hasta el momento de nuestro regreso a España, por si se decidía que nuestra colaboración era necesaria. De todas formas el comandante del puesto me insinuó que para ellos la cosa estaba clara y se trataba de un desgraciado accidente, no tenían motivo alguno para pensar otra cosa.
No comentamos nada a nadie sobre lo sucedido. A Marivi y Manolo les contamos que Coche nos había encantado y que tenía unas playas extraordinarias.
Antes de cenar dejamos preparadas las maletas abiertas sobre una de las camas a la espera de terminar el equipaje poco antes del mediodía del día siguiente, hora en la que debíamos abandonar la habitación. Cenamos en el Guayamurí para comprobar que aún no tenían calamares y que la carne por mucho que cambiara de nombre seguía teniendo la misma apariencia y el mismo sabor. Sin embargo estábamos hambrientos y disfrutamos un poco más de la cena.
Esa noche no pude dormir y creo que Marga tampoco. No hablábamos pero estábamos inquietos y preocupados. Inquietos por lo que había pasado y preocupados por si a alguien le daba por pensar que podíamos, de alguna manera, estar implicados en un accidente que no fuera tal.