No recuerdo haber dicho que los pasaportes se quedan en la recepción, no los necesitas en las escalas anteriores. Con la tarjeta que entregan el primer día es suficiente.
En Estambul es preciso llevar también una tarjeta de desembarque (landing card), necesaria para pasar el control en el puerto.
Esta en turco e inglés, los datos a rellenar son:
Nombre del barco, bandera (Bahamas), nombre, primer apellido y nacionalidad.
Los pasaportes no te los entregan hasta el domingo por la tarde.
Este día el horario de almuerzo a bordo se adelantó, de 12:30 a 14:30. El motivo está claro: Las excursiones partían desde las 14 horas. No me parece nada bien que lo supediten todo a las dichosas excursiones.
Sobre las dos y cuarto salimos en autobús hacia Santa Sofía, la que fuera gran mezquita Aya Sofía y antes de esto gran catedral bizantina.
Su arquitectura es grandiosa, tanto que Justiniano se marcó la vacilada de afirmar que había superado al templo de Salomón.
No voy a entrar a describir el sitio. Hay mucha y mejor información disponible, además el texto sería demasiado extenso.
A pesar de su pasado dedicado a lugar de culto, hoy es un museo.
La inmensa cúpula, así como sus paramentos estaban en restauración. Una enorme estructura de andamios servia al efecto.
El estado de sus frescos necesita cuidados urgentes, algunos están muy deteriorados. Creo que la bóveda principal tiene algunas filtraciones de agua. Me da la impresión de que su conservación no ha estado bien gestionada.
Tan impresionante es su vista exterior como la interior, es un “Monumento” soberbio, que da carácter y una enorme personalidad a la ciudad.
El guía hablaba castellano y se tenía bien aprendida la lección, pero era bastante pesado.
Preferí moverme a mi aire para no soportar la interferencia de esa verborrea monótona y molesta. [|)]
Después fuimos al hipódromo, de época romana. Lugar dedicado a circo en esos tiempos.
Es una gran plaza, rectangular y ajardinada, lugar de esparcimiento y ocio de los estambulitas.
Había muchas familias que pasaban el domingo, comiendo y sesteando sobre la hierba.
Pasaron varias, muy acicalados todos, que arropaban en el grupo a un niño de unos ocho o nueve años, iba vestido como un lujoso paje oriental, blanquísimo, tocado con un sombrero cilíndrico, con ribetes dorados, lo remataba una enorme pluma blanca. La escena, que se repitió esa tarde, era pintoresca y llamativa.
Recordaba la primera comunión de los cristianos. Eran chicos circuncidados.
A pesar del tamaño de la ciudad y la gran cantidad de gente que había por todas partes, no tenían las prisas que tenemos nosotros. Se palpaba un ambiente relajado y perezosamente festivo, por aquí hace mucho tiempo que lo perdimos.