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Topic-icon Relato de crucero Pullmantur por el Egeo

2 años 5 meses antes - 2 años 4 meses antes #1916093 por Chespir

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  • Pues bien, aquí mi segundo escrito y, como el anterior, estará dividido por capítulos. Ya lo sabéis. Uno cada dos días. Adelanto que, aunque la forma está muy relacionada con el anterior, su estilo y contenido no tienen nada que ver. En el otro, mis protagonistas eran fruto de la imaginación. En este no. Todos son reales como también lo fue la realidad que cuento. Quizás esté algo deformada, no lo niego, pero os juro que más o menos fue así. Que os guste.

    Crucero Pullmantur por el Egeo.

    Día 1. Atenas. Lunes.
    ¡Eureka! —Diría Arquímedes—. Estoy a punto de montar en el avión. Destino Atenas para iniciar un crucero que en el “Zenith”, buque de la compañía Pullmantur, nos conducirá a mi señora y a mí, desde la milenaria ciudad de Atenas hasta Rávena en Italia. Ocho días, siete noches, que se presentan llenos de diversión, cultura, sirtakis, mar salada, playitas de arena fina y navegación tranquila acompañados en nuestros sueños por la blanca luna iluminando la cubierta del buque. Cuando los indicadores de información del aeropuerto señalan nuestro vuelo, corremos hacia la puerta indicada, número 43. Una fila de chavales hace cola para pasar. Es un grupo de estudiantes murcianos. Viaje del ecuador en sus estudios de magisterio. Sonrío mientras miro sus caras iluminadas y pienso en los futuros profesores contemplando el Partenón y estremeciéndose ante el templo de Zeus en Olimpia. Esta es la juventud que me gusta, le digo a doña Chespira mientras tomamos asiento en el gigantesco Jumbo. Cuando llegamos a Atenas el piloto informa: “La temperatura es de 20 grados y en estos momentos cae una ligera llovizna. Son las 4 de la tarde y podemos apuntarnos a la excursión que, organizada por la compañía, nos enseñará la ciudad de Pericles. Cuando montamos en el autobús la “ligera llovizna” es un chaparrón que haría perder la confianza al mismísimo Noé. En medio de la lluvia, lluviaza, bajamos en la acrópolis. Helena, nuestra guía, es una mujer encantadora que además parece bastante preparada. Pone todo su esfuerzo para conseguir que escuchemos sus explicaciones a través del tronar de la lluvia sobre nuestros paraguas “todoacien” que hemos comprado al llegar a la Acrópolis. Una cantidad similar de agua a la que podría llevar el río Amazonas solo que cabreado, baja por las escaleras que conducen hasta el Partenón y miembros de protección civil de la ciudad de Atenas tienen que rescatar con ayuda de un guardacostas y media docena de Zodiacs a dos turistas del grupo que fueron arrastrados por las aguas. Afortunadamente los devuelven a nuestro bus empapados como salmones pero bien de salud. De los 30 paraguas que iniciaron la excursión solamente quedan tres, uno de ellos el nuestro, sin las varillas dobladas. Después continuamos la excursión por la ciudad moderna antes de dirigirnos al barco. Trámites de aduana, llegada a la cabina que juzgamos impecable. Ducha rápida, cambio de ropa mojada por otra seca y listos para la cena. Al salir conocemos a Oswaldo. Un camarero sonriente que, tras presentarse como nuestro asistente de camarote, o algo así, nos dice que está a nuestra disposición para cualquier cosa que podamos necesitar.”Todo está perfecto, gracias Oswaldo” —le respondemos—. Él nos indica el camino hacia los ascensores. Segundo turno de cena y no queremos llegar tarde. Mesa 5 en donde ocupamos dos asientos. Orlando y Alan son nuestros camareros y un par de matrimonios vascos y riojanos serán nuestros compañeros de mesa durante el viaje. La primera impresión de todo no puede ser más favorable. Nos presentamos, conversación amable sobre cada uno de nosotros, todos de edades aproximadas y de un estilo de vida acorde con ellas. Cenamos bien y sin contratiempos. Tras la cena el grupo se dispersa. Doña Chespira y yo nos disponemos a conocer el buque que ya ha comenzado a navegar. El bamboleo es intenso pero afortunadamente no nos mareamos. En cubierta hace frío y no se puede estar así que buscamos los diferentes salones. La discoteca ha sido tomada por el grupo de “postadolescentes” que se han hecho fuertes junto a la barra. Alguien ha debido tirar una bebida porque los zapatos se pegan al suelo. Un chaval pide tres mojitos y se los trasiega sin respirar. Luego pide otros tres. “Son para mis colegas” —le dice al camarero brasileño—. Sale dando tumbos con los vasos en la mano. Mentalmente hago apuestas a que no es capaz de llegar a la mesa sin tirarlos pero lo consigue. En su mesa varios compañeros cantan a coro: “¡No hay más macho que el borracho!” Las chelis, minifalda, escote con canalillo y zapatos de tacón alto miran a sus chicos con ojillos entornados y no soy capaz de distinguir si es por cuestiones hormonales o más bien etílicas. Alguien es capaz de llegar a la mesa con cinco mojitos más. Eso debe de estar bueno, pienso yo. Logro llegar a la barra tras despegar, no sin esfuerzo, mi zapato que se ha quedado pegado al suelo. Pido un mojito al camarero que se disculpa encogiendo los hombros:
    —Señor, lo lamento, pero se nos ha terminado el ron y la hierbabuena —me dice.
    —Pero… acabo de ver cómo servías tres mojitos a ese chaval hace un momento —respondo indignado.
    —Roberto, así se llama el camarero, me guiña un ojo cómplice.
    —Llevan más de una hora tomando diesel azucarado acompañado de agua de mar y algas del puerto de Atenas. Vinieron directamente desde el avión y desde las cinco de la tarde no han parado de “chupar” mojito pero ni se enteran.
    Pedimos un par de cervezas y las olemos antes de probarlas. Parecen de confianza y efectivamente lo son. Después nos dirigimos hacia nuestra cabina. Leemos el diario de a bordo. Llegaremos a Mikonos a las 8 de la mañana del martes. El tiempo soleado y 24 grados de temperatura máxima, anuncia el papel aunque en esos momentos sigue lloviendo a cántaros, algún relámpago ilumina el cielo y el barco se mueve cada vez más. Una ducha y a dormir. Son casi las dos y media de la madrugada.
    Alguien canta en el pasillo. Me desperezo y miro la hora: Las cinco y diez. Creo que son los chicos que vuelven a sus camarotes. Doña Chespira lleva tiempo despierta.
    —¡Borrachos! Están como cubas. Y encima el barco se mueve más que una mona mirando a un río. Me he asomado a la ventana y las olas nos salpican hasta aquí, —estamos en la cubierta cinco, aclaro al lector—. Los chicos siguen a voces. Alguien pregunta algo a una tal María y ella contesta gritando desde la otra punta del pasillo. Intento dormir pero un coro desafinado por el alcohol o el gasóleo de navegación, me lo impide. Tras media hora de cánticos y aullidos a medio camino entre el mono aye-aye y un gorrino de matanza me decido. Abro la puerta y pido, intentando apaciguar mi enfado, un poquito de silencio. Uno de los niños grita: “¡Oye, que os calléis que aquí hay un viejo que quiere dormir!”
    No le hacen ni caso y no estoy dispuesto a liarme a mamporros con un niñato borracho. Pero se van a enterar. Acaban de despertar la fiera que llevo dentro. Una hora después parece que la cosa se ha calmado. Recupero el sueño hasta que el teléfono que tengo en la mesilla suena un par de veces. Contesto rápidamente, doña Chespira se ha dormido y hablo en voz baja para tratar de no despertarla.
    —¿Dígame?
    —¿María? Soy yo. ¿Qué haces? ¿Tomamos la última en mi habitación? Estoy en la 5224. ¿Vienes?
    Es la voz del mismo chico que antes me llamó viejo. Evidentemente ha marcado mal. Imposto mi propia voz para resultar seductor. Con la borrachera que lleva encima el engaño me resulta fácil.
    —Mejor ven a mi camarote. Estoy en el 5400 y hace mucho frío en mi camita. Un besito, amor.
    Cuelgo el teléfono. Dos minutos más tarde alguien aporrea en la puerta del camarote 5400. Nadie contesta. Supongo que María debe estar dormida por culpa de la hora, del cansancio, y de la mezcla de alcohol con gasóleo de navegación. Vuelvo a escuchar como aporrean la puerta y un minuto más tarde un golpe seco en el suelo. Me asomo al exterior y dos puertas más allá veo al chico que se ha dormido. Sonrío. Mi venganza sólo ha empezado.

    Última Edición: 2 años 4 meses antes por mariadebsas.
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    2 años 4 meses antes #1916116 por eduard58

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  • Buenos días!!!!

    Aquí estoy, en primera fila.....el relato empieza bien. Hasta el lunes no podré conectarme de nuevo.......que paséis un buen fin de semana.

    Nos vemos!!!!!!!

    El siguiente usuario dijo gracias: Chespir

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    2 años 4 meses antes - 2 años 4 meses antes #1916120 por Chespir

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  • Día 2. Mikonos.

    El despertador suena a las 7.30 de la mañana. Descuelgo el teléfono y marco el 5400. Escucho la señal de llamada. Una, dos, tres y hasta siete veces más. Al final una voz tan somnolienta como femenina responde.
    —¿Dígame?
    —Oiga… ¿Servicio de habitaciones? ¿Me sube un chocolate con tejeringos y zumo de naranja para dos personas?
    —¿Perdón?
    —Tejeringos… Media docenita. En Madrid les dicen churros —aclaro—. Y el chocolate caliente y espesito.
    —No, no es aquí —se escucha al otro lado de la línea—. Ha marcado usted mal.
    —Entonces… ¿No es ahí el servicio de habitaciones?
    —No, no señor, no es aquí.
    —Entonces… ¿dónde he llamado?
    Mi interlocutora no contesta y cuelga el teléfono. Yo sonrío malévolo. Cuando me miro en el espejo, de mis ojos cuelgan dos ojeras como bolsas de supermercado. Nada que no pueda eliminar una buena ducha. Mi cabina está rodeada por cabinas de los “niños” y no voy a molestar a nadie más así que aprovecho la intimidad del baño para entonar a pleno pulmón “O Sole Mio”. Doña Chespira aporrea la puerta del baño para pedirme a voces que por favor, deje de lanzar esos horripilantes graznidos. Una vez arreglado, antes de subir a desayunar, decido que es un buen momento para seguir molestando y marco nuevamente el 5400. Esta vez tengo que esperar al menos diez tonos antes de que la misma voz, con el mismo sueño, responda.
    —¿Dígame?
    —¿Servicio de habitaciones? ¿Qué pasa con el chocolate calentito y mi media docena de tejeringos? Hace más de media hora que los estamos esperando.
    Cuelgan el teléfono sin contestar. Cuando salimos de la cabina nos encontramos, nada más abrir la puerta, a un sonriente Oswaldo.
    —Buen día, señores. Bienvenidos a Mikonos. Es una islita preciosa pero el día no es bueno. Les recomiendo lleven algo de ropa de abrigo.
    —¿No es bueno el día? El diario de a bordo dice que las temperaturas estarán entre los 16 y los 24 grados.
    —Oswaldo me da un pequeño toque con el codo.
    —Sí, eso dice el parte pero… ustedes ya saben. Eso viene bien para que la gente contrate excursiones pero la mar está tan mala que se han cancelado varias.
    Una de las canceladas es la de Delos. ¡Maldición! Acabo de perder la ocasión de visitar las ruinas del templo de Apolo. En fin, eso será un buen motivo para volver en el futuro. Oswaldo se despide de nosotros. A media docena de metros hay un bulto en el suelo, justo enfrente de la puerta del 5400. Es el chico de la noche anterior. En su mano derecha hay un vaso del que nos llega un olor apestoso a gasóleo. La mano izquierda permanece cerrada agarrando algo que no consigo identificar. Venciendo mi natural repugnancia me agacho y trato de evitar algo que parece un trozo de hígado cirrótico. Abro el puño del chico y encuentro un sobrecito metálico de aspecto totalmente reconocible. Es un condón. El diablo vuelve a llamarme en la oreja y busco algo que me pueda servir. Encuentro un pequeño imperdible que abro y con la punta realizo varios agujeritos imperceptibles que atraviesan el centro del envoltorio. “A lo que salga, le llamas Chéspir” digo antes de volver a colocar el preservativo en la mano de su propietario.
    En el desayuno no se divisa a ninguno de los “niños”. Suponemos que seguirán durmiendo la mona. Unos compañeros de mesa nos dicen que hay varios grupos de adolescentes en viajes de ecuador. Unos de Murcia, que son los que nos han “tocado” a nosotros pero en otras cubiertas los hay de Granada, Málaga, Navarra y algunas otras poblaciones. Más del 60% del pasaje son adolescentes que han decidido realizar viajes fin de curso en plan “Semana del botellón a bordo”. Decido olvidar a los chicos para concentrarme en el plan del día. Por la megafonía del barco se nos informa de que para llegar a la capital hay preparado un servicio de autocar que cuesta 8 € por persona incluyendo los trayectos de ida y vuelta. Desde donde estamos hasta la ciudad hay unos diez minutos en coche, nos dicen. Pagamos dos billetes y el autocar nos espera nada más salir del barco. Pero también hay autobuses municipales a 1 € el trayecto. Taxis que se anuncian por 3 €, varios coches de caballos, dos limusines para 6 personas, un zepelín que por 5 € te da además un paseo por la isla y, finalmente, el más caro de todos, un helicóptero con servicio de bebida que cuesta 10 € por persona y trayecto. Miramos nuestros tickets recién comprados y tenemos la desagradable sensación de que nos han timado. En menos de 10 minutos el bus nos deja en las afueras de la capital de la isla que resulta ser un precioso pueblecito de pescadores. Casas bajas, blancas, blanquísimas, joyerías caras, bares caros (20 € por 300 gr de mejillones cocidos) y un simpático pelícano del tamaño de un borrico pequeño que se pasea indiferente entre las mesas causando sorpresa a los turistas. Le saco una foto al bicho que se niega a decir “patata” para salir con el pico sonriente. No importa, el pajarraco ya ha quedado inmortalizado para los restos. Es una lástima que el día no acompañe porque de buena gana me habría pegado un bañito en las aguas del Egeo. Después de separar a tirones a doña Chespira del escaparate de una joyería, subimos por unas escaleritas a la parte alta del pueblo donde cuatro molinos, similares a los de don Quijote, miran con sus brazos inmóviles desafiando a la mar océana. Si Cervantes hubiera sido griego quizás el libro se llamase Don Ulises de las Cíclades. De repente me doy cuenta de que estoy solo. Miro a lo lejos y veo a doña Chespira, tarjeta de crédito en mano, corriendo hacia la joyería. Bajo los escalones de siete en siete y logro detenerla antes de que una amable dependienta, guillotine la Visa y nuestra cuenta corriente todo de un plumazo. Con la ayuda del pelícano, que ha observado muy atento la escena, logro introducirla en el bus que nos lleva de regreso al Zenith. Ella lamenta que los pelícanos sean especie protegida porque de lo contrario hubiera cenado pájaro asado esa misma noche. Me despido del animalito que sobrevuela la cubierta de la nave mientras nos alejamos a Santorini, nuestro siguiente destino.
    Por la noche observo que, a pesar de los esfuerzos del servicio de limpieza del buque, la parte pegajosa de suelo se extiende hasta la entrada de la discoteca que sigue llena de niños bebiendo, bailando y bebiendo. Roberto me dice que han destinado uno de los depósitos de fuel del barco para almacenar ron y que las acciones de Bacardi y de cubana azucarera han subido varios puntos. Dos containers de hierbabuena han sido cargados en Mikonos o sea que podremos tomar mojitos de confianza. La cena es perfecta y Luisa, ya sabemos que es de Portugalete, nos cuenta que la noche anterior también salió al pasillo para pedir silencio a unos niños que cantaban el “cumpleaños feliz”. A ella la respetaron más que a mí y creo que algo tuvo que ver el cuchillo de cortar jamones con el que amenazó a los chavales. Después de cenar tomamos un café en el “Rendez vous”, uno de los salones que no han sido tomados por las tropas adolescentes. Música suavita, bolerito de achuchón y doña Chespira añorando la pulsera de oro, brillantes y esmeraldas que pudo haber sido y no fue. Cuando bajamos a la cabina nos encontramos a Oswaldo, siempre impecable, siempre sonriente que nos pregunta cómo ha ido el día. Contestamos que muy bien pero que estamos cansados y tenemos ganas de dormir. Protesto enérgicamente cuando él me levanta en sus brazos, me introduce en el camarote, me pone el pijama y me arropa hasta las narices. La cara con la que le ha mirado doña Chespira ha sido suficiente para que no haga lo propio con ella. De todas formas no podemos evitar que nos cante una nana y nos dé un besito de buenas noches antes de salir de la habitación.
    En sueños escucho a los niños que regresan a la cama. Por la ventana del camarote entra algo de luz o sea que está amaneciendo. En esta ocasión doña Chespira no se entera de la negativa a gritos de María a los intentos del chico de la noche anterior para acompañarla en el descanso. Al final un ruido que parece una bofetada termina la discusión y por fin recupero de nuevo el sueño. En un par de horas fondearemos en Santorini.


    Por cierto: Hemos intentado poner algunas fotos para acompañar el relato y no hemos sido capaces. Alguien me puede decir como lo hago.

    Última Edición: 2 años 4 meses antes por Chespir.
    El siguiente usuario dijo gracias: chumaker, Pipo1011, eduard58

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    2 años 4 meses antes #1916154 por Chespir

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  • Día 3 Santorini.
    Cuando el 5400 contesta a mi llamada intento que mi voz suene con acento brasileiro. Prácticamente la totalidad de la tripulación tiene este origen. En esta ocasión es María quien se adelanta.
    —Si llama preguntando por el servicio de habitaciones le adelanto que no es aquí.
    —Am, escusa. No garota. Eu seu Roberto encargado da discoteca. Vosé dejá anoche un mojito sin acabá. Se lo preparé muito especial, Habana tostado gasoleo free. ¿Va a tomarlo o eu tiro a mar para peixe?
    Ella duda entre seguir durmiendo o recuperar el presunto mojito. Cuando finalmente me responde entiendo que mi plan ha dado resultado.
    —Mmm. No, Rober, mejor no lo tires. Voy a buscarlo. Gracias por el aviso. Salgo al pasillo un instante antes de que se abra la puerta del 5400. En el suelo, dormido, el joven galán continúa con el puño cerrado. Cuando María sale corriendo del camarote tropieza con las piernas del chico, trastabilla y está a punto de dar con sus huesos en el suelo. Ella lanza una maldición y propina un puntapié a la cabeza del chaval que parece no inmutarse. “Peleas de enamorados”, escucho que alguien pronuncia detrás de mí. Me doy la vuelta y los ojillos de Oswaldo me hacen estremecer.
    —Hola Oswaldo, buenos días.
    —Buen día señor. ¿Descansó bien el señor? ¿Desea algo el señor?
    —No, gracias —respondo—. Todo está bien. Escuché ruidos y salí al pasillo. Ahora voy a tomar una ducha.
    No puedo evitar que el camarero pase a la cabina, entre en el baño, abra el grifo, valore con el codo la temperatura del agua y me frote la espalda con una esponja de crin. Doña Chespira le jura que una promesa a la Virgen le impide bañarse durante todo el crucero. Oswaldo es un hombre piadoso y sabe lo que significa una promesa. Eso salva a doña Chespira de la esponja de crin. Oswaldo nos informa que en esta ocasión el “diario de a bordo” parece haber acertado. 19 grados de máxima y 12 de mínima. Tiempo despejado. Unos minutos después de desayunar la megafonía del barco anuncia que podemos desembarcar. Hay novedades. Esta vez no estamos parados en puerto, hemos fondeado en medio de una inmensa laguna que no es sino el producto de una tremenda explosión volcánica que se llevó media isla por delante hace unos 2500 años. Por culpa del pepinazo se produjo un tsunami que asoló la isla de Creta y mandó a tomar por saco a la civilización micénica. Para vivir en un sitio de estos, pienso yo, hay que tener unos cataplines del tamaño de la chimenea del buque. Mi abuela decía que el que hace un cesto hace ciento si le dan mimbres y tiempo y el día menos pensado esto peta de nuevo. Espero que no sea hoy. Bajamos desde la cubierta 3 hasta la lancha que nos llevará al pequeño puerto. Durante el recorrido escuchamos que alguien nos llama desde la cubierta 7 donde está situada la discoteca. Es María que pregunta si alguno de nosotros ha visto un mojito de ron tostado a medio terminar. Como nadie sabe nada seguimos nuestro camino. Fira, la capital de la isla está a unos 300 metros de altura y el acceso se hace mediante el tradicional sistema de borricas que suben. La otra posibilidad es gracias a un moderno funicular. Las borricas salen un euro más baratas y no está la cosa como para andar derrochando. Doña Chespira protesta pero finalmente nos decantamos por la mula. Una montura por cabeza y en grupos de 5 jinetes comenzamos la subida.
    Ya en la segunda curva me arrepiento de mi decisión. Espero que el bicho sepa lo que hace porque el acantilado que se abre a mi derecha es importante. Pienso en bajar del animal pero no me atrevo. El camino es estrecho, lleno de cacas de jumentos y la posibilidad de dar con mis huesos entre las olas que rompen a 100 metros debajo de nosotros me hace estremecer las carnes. Confío más en la burra que en mis propias habilidades. Cierro los ojos para abrirlos 15 minutos después cuando una voz grita “finito”. Me bajo del animal y miro el camino que nos ha llevado hasta la base de la ciudad y rectifico mi primera impresión sobre los testículos de los habitantes de la isla. No, no son como la chimenea del barco. Son más gordos.
    Fira es una población situada prácticamente en la cima de la montaña. Esto significa que hay escaleritas por todas las calles que resultan ser estrechas, llenas de tiendecitas y restaurantes. Las casas blancas con puertas y ventanas azules me recuerdan a Sidi Busaid en Túnez. El efecto es muy pero que muy bonito, hay que reconocerlo. Es una lástima que nuestra estancia se limite hasta las seis de la tarde porque me hubiera gustado recorrer un yacimiento con restos de la civilización asolada por el volcán pero el tiempo manda y no tengo claro que haya un sistema de transporte fácil y rápido entre Fira y Carabanchel que es mi barrio. Si me quedo aquí las dificultades para volver a casa podrían resultar importantes así que damos un buen paseo hasta la parte más elevada de la ciudad para ver la laguna en todo su esplendor. Si alguno utiliza el Google earth, que escriba en el buscador “Santorini” y se dará cuenta de la configuración del terreno. En medio de la laguna, a unos cientos de metros del puerto flota el Zenith y, desde nuestra perspectiva, al comparar su tamaño con el mar que nos rodea, comprendemos que vamos montados en una cáscara de nuez que decía la canción infantil. Paseamos las calles durante dos horas más compramos algunos recuerdos para la familia y doña Chespira se decide tras dos horas de duda por una camiseta de tirantes mucho más barata y útil que la pulsera de Mikonos. Después nos encontramos con Rosa y Miguel, los de Logroño que cansados de subir y bajar calles han decidido sentarse en una terracita y pedir unas bebidas. Con un poco de suerte igual nos invitan, pienso yo. Nos acercamos discretamente, como quien no quiere la cosa y acercamos dos sillas a su mesa. Extrañamente ellos parecen encantados por el encuentro. Pedimos dos cervecitas del país y cambiamos impresiones. Muy bonitas las catedrales ortodoxa y católica, muy bonita la ciudad, muy bonito el barco, muy bonito todo. Ellos llevaban ya un rato sentados y deciden continuar caminando. Cuando se levantan me fijo que ya han pagado. Su cuenta y la nuestra y yo me arrepiento de no haber pedido algo más caro. De todas formas, como ya va siendo hora de comer, pedimos una carta al camarero que nos recomienda el pulpo asado al estilo de la isla y calamar relleno de ensalada y queso feta. Todo un acierto. Como rápidamente no sea que me encuentre a otro conocido y me toque repartir. Tras la comida un paseo más y vuelta al barco, esta vez en teleférico. Si hay que tirar euros, se tiran, pero la integridad del Chéspir es cosa a tener en cuenta. Volvemos al barco y antes de acercarnos al pasillo que lleva hasta nuestra cabina, examinamos el terreno para evitar a Oswaldo que resulta estar rascando con limpiahornos el trozo de hígado cirrótico enfrente del 5400. No nos atrevemos a acercarnos y subimos a la cubierta 12. El tiempo es precioso y nos decidimos a descansar en una de las numerosas tumbonas repartidas por cubierta hasta que el barco comienza a moverse. Un poco tristes nos despedimos de la isla. Evitamos bajar al camarote así que nos incorporamos al salón donde en esos momentos va a dar comienzo el espectáculo brasileño. Plumas, samba y señoritas luciendo pierna larga. Deberían estar recetadas por el médico para bajar la colesterol malo, pienso entre caderazo y caderazo, suspiro y suspiro. Después bajamos, quizás subimos, a cenar. El barco cada vez me parece más laberíntico. Escaleras y pasillos que todos me parecen iguales. Tras preguntar varias veces conseguimos llegar a nuestra mesa. La cena, como de costumbre, estupenda. Los niños empiezan a aparecer en el comedor y creo que deben tener desorientado su reloj biológico porque piden café con leche y croissanes. Un chaval, proyecto de maestro, ¡válgame Dios! Me pregunta dónde estamos y le contesto que acabamos de salir de Kuala Lumpur. Se encoge de hombros antes de mojar en su vaso de cerveza una rodaja de merluza empanada untada de salsa bearnesa que se traga sin darse cuenta de su error. El grupo de seis bajamos al Rendez Vous y después del consabido café con chupito de grappa nos marcamos unos pasodobles que hubiera firmado la mismísima Marifé de Triana. Otra copita más para hacer la digestión y todos a la camuchi que mañana a las 12 llegaremos a Katacolon. Los dos chupitos de grappa tienen un efecto no deseado. Hemos bajado la guardia y al llegar a nuestro camarote somos cazados in fraganti por Oswaldo. Tenemos la cara ligeramente irritada por el sol y el camarero no desiste hasta darnos un emplasto after sun de papaya rehidratante con liposomas omega 3 (o algo así). Tras dejarnos acostados y con la manta subida hasta las narices nos obliga a bebernos un vaso de leche caliente y juntos rezamos lo de las “cuatro esquinitas tiene mi cama….” Sale despacio para no despertarnos. Mañana será otro día.

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    2 años 4 meses antes #1916190 por Chespir

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  • Fecha de Nacimiento: Desconocido
  • Día 4. Katakolon.

    El ruido de voces, gritos y aullidos nos hace pensar que el Zenith ha naufragado. Mi reloj marca las 4.35 de la madrugada y doña Chespira y yo, obedientes a las maniobras de desalojo que la tripulación impartió el día de nuestra llegada, nos ponemos ropa de abrigo, nos colocamos los chalecos salvavidas y salimos de la cabina dispuestos a dirigirnos al casino, cubierta 8, que es donde se supone que estará nuestra lancha de salvamento. Pero nada más abrir la puerta, Oswaldo, como siempre sonriente, intercepta nuestro paso.
    —Buen día señora, buen día don Chéspir. Permítanme indicarles que todavía es un poco pronto para levantarse. Faltan más de 7 horas para el desembarque. ¿Puedo ayudarles en algo?
    —Mmm —dudo antes de contestar—. ¿Pasa algo? ¿Nos estamos hundiendo? Es por los gritos y carreras que escucho por los pasillos —aclaro.
    —No, no señores. No deben preocuparse por nada. Son los jóvenes que han decidido hacer la fiesta del piyama en sus camarotes y arman algo de bronca. Por lo demás todo está correcto.
    —Ya… comprendo —digo mientras desabrocho el chaleco salvavidas—. ¿Y tú qué haces por aquí a estas horas? ¿Es que no duermes?
    —Señores, mi descanso es su satisfacción —replica el camarero—. Cualquier cosa que gusten no tienen más que pedírmelo. ¿Puedo ayudarles en algo?
    Miro la cara sonriente y expectante del camarero que aguarda mi respuesta. Una idea pasa por mi cabeza.
    —Sí, sí que puedes hacer algo. ¿Puedes conseguir que estos energúmenos se callen?
    —Por supuesto, señor.
    Vemos como Oswaldo cambia su cara sonriente por una terrorífica mueca a medio camino entre Freddy Krugger y Chuck Norris. Agarra a un chaval que en esos momentos se paseaba adornado con la funda de una almohada en la cabeza.
    —¡Tú! ¿Qué haces aquí? ¿Qué cabina es la tuya? —dice Oswaldo mientras le agarra del cuello con las dos manos.
    El chico abre los ojos aterrorizado y hace ademán para que su agresor suelte la presa. Oswaldo relaja la presión de sus dedos sobre el cuello del muchacho que tose un par de veces antes de contestar.
    —Yo…. Yo….Mi camarote está en el piso de arriba y había bajado a buscar unos apuntes de pedagogía de 3º. Los necesito para el parcial de mayo.
    —¿Pedagogía? Un degenerado eso es lo que tú eres. ¡Zumbando para tu camarote y si te veo por aquí de nuevo te arrojo por la borda! ¡Y calladito que la gente quiere dormir! Mañana te voy a preguntar por esas lecciones y ¡Ay de ti como no las sepas!
    Un grupo de niños ve la escena y el rumor se extiende como una mancha de aceite. Despacio, en un silencio casi sepulcral se dirigen a sus camarotes. En esta ocasión nadie se queda dando lamentos lobunos junto a la cabina de María que ha desaparecido a las primeras de cambio. Oswaldo se despide con un “hasta mañana” y nosotros volvemos a la paz del sueño.
    El despertador suena a las 8.30. Hoy no tenemos prisa. Antes de subir a desayunar llamo por teléfono al 5400 pero nadie contesta así que dejo el teléfono descolgado con los tonos sonando mientras me ducho a la vez que canto con toda la fuerza de mi garganta la musiquita de Zorba el Griego. Una vez limpio, afeitado y vestido, abrimos la puerta de la cabina y ni doña Chespira ni yo nos sorprendemos al ver a Oswaldo de pie en el pasillo.
    —Buen día, señor. ¿Descansó bien?
    —Sí, gracias Oswaldo. Fuiste muy eficiente a la hora de poner orden.
    —Gracias, señor, muy amable el señor. Permítanme decirles que hoy también ha acertado el diario de a bordo con el tema del tiempo. Será excelente. El cielo está azul, ni una sola nube lo mancha, y la temperatura es excelente. ¿Se han apuntado los señores a alguna excursión?
    —No, la verdad es que no lo hemos hecho —responde doña Chespira—. No nos gustan las prisas con las que nos tratan en estas visitas tan masificadas.
    —Bien hecho, señores. Permítanme que les diga que a nuestra llegada a Katakolon la visita a las ruinas de Olimpia es obligada. Está a unos 20 kilómetros pero hay buses cada media hora y también está el tren. Los buses son más rápidos.
    —Gracias, Oswaldo. Creo que utilizaremos el autobús. Tu información ha sido muy valiosa.
    La cara del hombre se ilumina y una inmensa sonrisa se dibuja en su rostro. Hace un par de reverencias y me quita una pelusilla que llevaba en la camiseta. Cuando subimos a desayunar nos encontramos con que la mayoría de los pasajeros del grupo que podríamos calificar “seniors” bostezan y tienen caritas de sueño. Parece ser que en las otras cubiertas no tuvieron tanta suerte como nosotros y la fiesta del pijama se prolongó hasta las 7 de la mañana.
    Decido realizar una reunión de afectados. Todos a las 11 en la discoteca para recibir instrucciones. Cuando llegamos al lugar de la reunión comprobamos que no es posible dar un paso sin que los zapatos se peguen al piso. El servicio de limpieza del barco se está empleando a fondo. Utilizan salfuman, ácido clorhídrico y espolvorean azufre en los rincones con la idea de que los niños no orinen en éstos. Prácticamente todo el grupo de mayores de 25 ha acudido a la reunión. ¡Compañeros! ¡Esto es la guerra! Si nosotros no podemos dormir, ellos tampoco…
    Más de 200 pasajeros nos unimos en fila y recordando Nochevieja, recorremos todos los pasillos del barco cantando a voz en cuello “La Conga de Jalisco”. Hay algunos portugueses, dos parejas rusas y otra china que se aprenden la letra gracias a una aplicación del Iphone. Yo abro la comitiva, bajamos las escaleras, golpeamos las puertas de todos los camarotes y cuando algún niño asoma la cabeza por la puerta entreabierta, le deseamos, siempre a voces, una feliz navidad y un próspero año nuevo. Así hasta las 12 de la mañana hora en la que podemos desembarcar en nuestro siguiente destino.
    La península de Katakolon, situada al oeste de Grecia, gozaba esa mañana de una excepcional temperatura. Nada más salir del barco, en el mismo puerto, montamos en un autobús que, por 10 € nos llevaría hasta Olimpia para devolvernos al buque a las 4 de la tarde por lo que podríamos disfrutar todavía de hora y media para realizar algunas compras o tomar un vino griego en alguno de los múltiples chiringuitos de la zona. En el autobús nos encontramos con Rosa y Miguel, nuestros riojanos compañeros de mesa que se habían decantado por la misma opción. Los últimos kilómetros antes de llegar a Olimpia, transcurrieron por un precioso paseo con árboles cubiertos de flores rosadas. Almendros, naranjos, siempre vivas, pinos piñoneros o geranios gigantes fueron algunas de las propuestas escuchadas en nuestros vanos intentos de identificar las plantas. Preguntar al conductor, un griego simpático pero que sabía de botánica y de español lo mismo que nosotros de botánica y griego resultaría a todas luces una pérdida de tiempo, por lo que, finalmente decidimos olvidar esa cuestión y dedicarnos a apreciar el paisaje. Decir que Olimpia, situada en la base del monte Cronos, era el lugar donde los griegos celebraban cada cuatro años las olimpiadas, parece bastante evidente. Quizás sea menos conocido que en su entorno estaba el templo de Zeus con la gigantesca estatua del Dios realizada por Fidias en el siglo V A.C. En cualquier caso la visita resulta espectacular aunque solamente sea por la sensación de recorrer las mismas pistas del estadio que hace 1600 años hollaron los pies de Filípides y tratar de imaginar el imponente aspecto que gozaría la estatua de don Zeus que en su momento fue una de las siete maravillas del mundo. El templo de Hera, el taller de Fidias, el lugar donde se encendía y enciende el fuego olímpico. ¡Coño, que lo recuerdo y se me ponen los pelos como escarpias! Una pena que a las 3 de la tarde tuviéramos que salir pitando porque es la hora a la que se cierran las instalaciones y los funcionarios griegos, tal y como está la cosa, no andan por la labor de hacer horas extras. Afortunadamente todavía tuvimos tiempo de sentarnos y tomar una cervecita con patatas que, como siempre, fue cargada en la cuenta de los riojanos. A las tres y media, todos en el autobús y de vuelta al puerto. No sé si servirá para algo el decir que, durante el recorrido nos unimos con una pareja de simpáticos pamplonicas que habían optado por la opción ferroviaria. El viaje en tren costaba 1.60 € pero solamente a los griegos. Los turistas pagaban 5 machacantes y estoy pensando en llamar a doña Ángela Merkel pa chivarme del asunto. Esa discriminación negativa no está bien. No señor.
    Una vez en el puerto, con el Zenith ya a la vista, doña Chespira y yo pensamos que era buen momento para aumentar la colesterol. Sentados en una terracita y acompañados por un simpático michino, nos papeamos dos “Pita yiro”, una especie de hamburguesa peloponésica, acompañados por sendas copitas de vino del país y un café al estilo griego que viene a significar que es un café mal colado. De todas formas estaba bueno y pagamos encantados los 9 € de la factura. Otro paseíto y hora de embarcar. Los niños no habían aparecido en todo el día y supusimos que seguirían durmiendo el botellón. Nos alejamos de Katakolon brindando con un daiquiri a la salud de Pericles.
    A eso de las 7, los chicos de animación empezaron a anunciar una partida de binguito. ¿Jugamos? —pregunto a doña Chespira— y ante la respuesta afirmativa decidimos compartir un cartón de 3 euracos. Premio pa la línea 1.85 € y pal bingo 4.50 canta entusiasmada la binguera. Eso quiere decir que deben jugarse en total 3 o 4 cartones. Sin embargo todo el mundo anda liado tachando numeritos. Todos menos nosotros que nos preguntamos cómo hace el equipo de animación pa sacar todos los números excepto los nuestros. Na, no ganamos nada ni en el primero ni en el segundo ni en el tercero. El bingo, deduzco yo, es un juego pa gilipuertas. Hace unos meses leí un libro, de la familia Pelayo en el que contaban cómo habían desbancado el casino de Montecarlo. Lo tenía bien aprendido así que nos fuimos al casino, cambiamos 10 € y apostamos 2 al rojo. Salió negro. Luego apostamos otra vez al rojo y volvió a salir el negro. Recordé las instrucciones del libro. “El negro está rachado, dije con aire experto, así que apostamos al negro pero en esta ocasión fue el rojo el que salió. Decidido a saltar la banca aposté al rojo, al negro y al 0 por si las moscas. El croupier que tira la bola, el barco que cabecea y la bola que se va a tomar por saco por los pasillos. El croupier canta la jugada. “Pasillo de cubierta, gana la banca” y al final 10 € que siguieron el mismo camino que los euros del bingo. No sé, me parece que tendré que releer el libro de los Pelayo. En fin, que nos vamos a cenar y tomamos el café con chupito de grappa en el salón de siempre. Vemos algún niño disfrazado de Nosferatu. Esa noche en la discoteca se celebra la noche de los monstruos. Alguien debería decirle al equipo de animación que los monstruos han estado con nosotros desde nuestra llegada a Atenas y, en lugar de beber sangre humana, se pirran por los mojitos de gasóleo.

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    2 años 4 meses antes #1916202 por Lutecia

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  • Hola Chespir,

    Qué recuerdos me han traído tus andanzas por el Zenith :) :)
    Mi primer crucero, hace ya unos años, fue en ese cayuco. Y las sobremesas, las hacíamos en el Café Plaza...

    Lo del cabinista, doy fé !!! Nosotros también tuvimos un " Oswaldo " que nos mimaba mucho. Jajajaja
    Que tiempos !!! Ahora... cómo han cambiado las cosas :dry:

    Espero que los chavales, llegaran sanos y salvos. Que sobrevivir durante una semana a esos pseudomojitos, tiene su mérito :laugh:

    Sigo atenta a tu relato tan entretenido.
    Un saludo para ti y la señora Chespira - a la que tu " buena forma " , impidió que fundiera su Visa... :lol: :lol:

    P.D. Ya no recuerdo cómo se insertaban imágenes en este foro. Quizás el amigo Edu, lo sepa... :S

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    2 años 4 meses antes #1916212 por Chespir

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  • Como siempre Lutecia, gracias por estar ahí leyendo y comentando. Este crucero lo hicimos en el 2012 y conservamos un excelente recuerdo del viaje a pesar del mal tiempo que nos acompañó durante toda la travesía. Mañana por la mañana publicaré el siguiente capítulo. Doña Chespira te manda recuerdos.

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    2 años 4 meses antes #1916224 por Chespir

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  • Día 5. Corfú.

    Todavía falta hora y media para el desembarque en Corfú cuando contestan mi llamada al 5400. El olor a mojito de gasóleo me llega a través de la línea telefónica y en esta ocasión trato de imitar el acento alemán del recepcionista.
    —¿Fraulein María? Aquí reception de barco. Lamentable error de Pullmantur pero nein de “todo incluido” y factura de bebidas tendrá que ser abonada eine die morgen. Mmm ¿yu anderstan mi? Tu pagar todos mojitos bebidos. Trie euren cada vasen.
    El alarido que escucho en el camarote de al lado me dice que, efectivamente María ha comprendido lo que el presunto recepcionista acaba de comunicarle. También escucho a su compañera de cabina tratando de persuadirla para que no se ahorque con el cordón de la Epilady. Dos fuertes cachetadas terminan con el ataque histérico de la niña. Me ducho mientras entono, como siempre a voces, el soniquete de los Niños del Pireo. Ya estamos acostumbrados a los vivaces ojillos y a la blanquísima sonrisa de Oswaldo cuando salimos de la cabina.
    —Buen día, señores. ¿Tuvieron un feliz sueño?
    —Si, gracias Oswaldo —responde secamente doña Chespira—. Hemos dormido perfectamente y no necesitamos nada.
    Estas últimas palabras hacen que la cara de Oswaldo comience a hacer pucheros. El camarero intenta disimular una lágrima que asoma por sus mejillas antes de contestar.
    —Está bien, señora. Lo comprendo. Así pues este humilde mayordomo no es necesario para nada. No se preocupen, lo entiendo perfectamente. Uno ya es mayor y los viejos… ya se sabe. Molestamos más que agradar.
    En este punto del discurso, el llanto de Oswaldo es desconsolado. Doña Chespira le pasa un paquete de pañuelos de papel para que se suene las narices y seque las lágrimas que caen por la mejilla del hombre que lanza pequeños hipidos.
    —No, no es eso, Oswaldo. De veras que tu asistencia es muy importante para nosotros, lo que pasa es que todo está tan bien que no es necesario pedirte nada.
    Comprendo que he metido la pata cuando el llanto del camarero se intensifica. Arrimo su cabeza contra mi pecho y le acuno con un monótono: “Ea, ea, ea, no llores mi niño, no llores ya más”. En ese momento un pensamiento se me ocurre. Por la noche estuve enredando con el mando de la temperatura de cabina y creo que bajé el termostato un par de grados.
    —¡Sí, Oswaldo! Creo que puedes hacer algo por nosotros.
    El mayordomo se separa de mi pecho y en su cara se dibuja un atisbo de esperanza.
    —Dígame don Chéspir qué necesita y le aseguro que el barco no saldrá de aquí hasta haberlo conseguido. ¿Quieren fresas? ¿Toallas de colores? ¿Jabón con Aloe vera?
    —No —respondo—. Es mucho más sencillo. Esta noche hemos tenido algo de frío. ¿Podrías subir un poquito la temperatura de la cabina?
    Señor, si señor —dice mientras da un par de zapatetas en el aire—. Nada más sencillo. No se preocupen que esta noche no pasarán frío. ¿Por qué no me avisaron anoche? Estaba aquí mismito y hubiera solucionado el problema. ¿Frío, dicen? Espero que no sea una mala nota en su informe final.
    Subimos a desayunar y el suelo pegajoso llega ya hasta las escaleras que conducen a la discoteca. Mientras me sirven el café con leche nos encontramos con Goyo y Luisa, los de Portugalete. Han pasado mala noche por culpa de los niños que se empeñaron en jugar a la gallinita ciega en su pasillo. Todavía tardaremos media hora en desembarcar así que, todos los miembros del grupo senior, nos aprovisionamos de vasos y cucharillas y bajamos por los pasillos cantando con toda la fuerza de nuestros pulmones el “Mosa, mosa, a mi nou se mescapa…” Está claro que hemos despertado a alguien porque se escucha aporrear la puerta de alguna cabina.
    Ya hemos abandonado las cíclades y Corfú es la más oriental de las islas jónicas. La capital, Kerkira, con más de 100.000 habitantes es un amasijo de culturas. Según Homero fue aquí donde Ulises naufragó antes de llegar a Itaca y, casualmente hoy hace 100 años justos que se hundió el Titanic aunque el detalle ha pasado olvidado, quizás de forma intencionada, para todo el mundo. Decía que la capital es un amasijo de culturas: Veneciana, turca, griega y también centro-europea porque a pocos kilómetros de aquí doña Isabel de Austria, alias Sissi, y su muy enamorado esposo Francisco José, tenían un una finquita con palacete tamaño XXL. Numerosas iglesias ortodoxas salpican la ciudad que se encuentra amurallada por una impresionante fortaleza veneciana que la protegía de las frecuentes invasiones navales. Paseamos por la construcción desde donde se divisa, a pesar de lo nublado del día, Albania. Cuando preguntamos a un griego sobre el tema albano, éste escupe al suelo y nos dice en un inglés tan chapurreado como el mío algo del tipo: “Albania is also Greek. Shit for Albania”. O sea que los albaneses no le caen demasiado simpáticos. Cuando le volvemos a preguntar su opinión sobre la reina de España, el hombre dice escuetamente “No opinion, she is your queen. Shit for Konstantino!”. Sospecho, pues, que la cosa monárquica tampoco le cae demasiado bien. Dejando aparte estos temas, lamento que el día no sea el más apropiado para visitar la playa de Paleokastritsa, una de las más hermosas del mediterráneo. No en vano en Corfú tienen villa todos los ricachos europeos incluyendo a mi fontanero que antes de salir nos cobró 100 € por cambiar la boya de la cisterna del retrete de casa. A las tres de la tarde volvemos al barco. Tenemos menú especial como una opción a destacar: “Cocido madrileño”. Con su sopita de fideos, sus garbancitos, su col y la carne de morcillo picadita como a mí me gusta. Dicen que el cocido no engorda si después te tomas dos daiquiris así que sigo la receta y tomo un tercer daiquiri por si las moscas. A pesar de que el tiempo no acompaña, salimos a la cubierta para despedirnos de la isla. No es posible permanecer mucho tiempo en el fuera así que nos encaminamos al camarote pero al asomarnos al pasillo vemos a Oswaldo en medio de una frenética actividad cuyo motivo no podemos adivinar. Decidimos no molestarle y volvemos a la cubierta donde el restaurante grill se encuentra tomado por los niños que embuchan pizza y hamburguesas. Nos sentamos en una mesa y me sirvo una ración de pizza margarita y una jarrita de cerveza para bajar los garbanzos. Pego la oreja a la conversación de la mesa de al lado. Un par de niños tratan de conquistar a una veinteañera comentando la frecuencia e intensidad de sus hábitos evacuatorios y sus preferencias alcohólicas. Mi pensamiento inicial de “lo llevan claro para ligar con la chavala” cambian drásticamente cuando escucho a ésta decir:
    —“…Pues yo soy más de calimocho y cago como un reloj todas las noches antes de acostarme… “(sic)
    xxxMuy románticos. Para versificar e incluir el diálogo entre las rimas de Becquer. El caso es que la chiquilla es un bombón pero su atractivo baja varios enteros en cuanto abre la boca. A todo esto, casi son las 7. Se me había olvidado decir que hoy tenemos la cena de gala con el capitán: Un croata del tamaño de un armario de 3 puertas que atiende por Ivo Botiça. Es inevitable bajar a la cabina para poder arreglarnos pero Oswaldo hace guardia enfrente de la puerta. Es necesario trazar un plan para eludir su presencia y doña Chespira y yo nos repartimos en plan comando. Por el pasillo de babor, nuestro camarote está a estribor voy hasta la escalera que está en la popa, como si dijéramos en el culo del barco y asomo la cabeza. Grito “¡Cu-cu!” y salgo corriendo en dirección a proa mientras escucho los pasos del mayordomo que me siguen a la carrera. A la vez, según el plan convenido, doña Chespira accede al camarote por el pasillo de estribor y antes de entrar grita ella también: “¡Tas, tas!” Esto consigue que Oswaldo se desoriente, de la vuelta y trate de retornar por donde había venido pero yo he tenido el tiempo suficiente para alcanzar la cabina también por el lado habitual. Cierro de un portazo un instante antes de que Oswaldo me alcance. Ya en el interior comprendo los motivos de la actividad del camarero esa misma tarde. Sobre la cama hay cinco mantas, una de ellas eléctrica. También hay encendida una estufa de butano y, no sé cómo diablos lo ha hecho, Oswaldo ha practicado una chimenea en el lugar destinado a la caja fuerte. También hay buena provisión de madera de roble y la cabina parece un baño turco. Una vez duchados y arreglados, traje rosa con brillos y lentejuelas para doña Chespira y chaqueta y corbata para mí, decidimos establecer el plan de salida. Por el teléfono llamo a recepción:
    Oígame, que soy don Chéspir. Que nos hemos perdido, estamos en el cuarto de calderas y no sabemos salir. ¿Pueden enviar a Oswaldo para que nos ayude?
    Desde el pasillo escuchamos a Oswaldo hablar por su teléfono y salir corriendo al instante. Es el momento que aprovechamos para alcanzar la escalera que nos conducirá hasta el salón donde “Felix el Gato, su maestro de ceremonias” iniciará su actuación en unos minutos. Antes de entrar nos dan una copita de cava, nos hacemos la foto con el peazo capitán que tenemos y el espectáculo comienza. Bien, muy bien igual que la cena que tenemos a continuación. Las señoras de la mesa, tan guapetonas como siempre pero mucho más arregladas. Goyo y Miguel… también están muy bien, pa que negarlo. El tema se produce al finalizar la cena. Orlando y Alan, nuestros camareros se empeñan en que tras la comida hay que divertirse. Nos hacen jugar al corro la patata, hacer la ola y bailar un sirtaki. Creo que esto debe ser alguna venganza de Oswaldo y, en cuanto conseguimos soltarnos de las manos de Orlando, salimos corriendo hacia el salón Rendez Vous. Música en directo y concurso de baile donde doña Chespira y yo conseguimos terminar en tercer lugar. Evidentemente los dos primeros han sobornado al jurado popular que les aplauden más que a nosotros. Cafelito y daiquiri antes de acostarnos. Doña Chespira me baja en brazos la escalera y en esta ocasión agradece la ayuda del camarero,. Entre los dos me desnudan y me meten en la cama mientras yo canto el “dansacururo”. Dentro de unas horas espero despertarme para visitar Dubrovnik.

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    2 años 4 meses antes #1916240 por Lutecia

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  • Chespir escribió: Como siempre Lutecia, gracias por estar ahí leyendo y comentando. Este crucero lo hicimos en el 2012 y conservamos un excelente recuerdo del viaje a pesar del mal tiempo que nos acompañó durante toda la travesía. Mañana por la mañana publicaré el siguiente capítulo. Doña Chespira te manda recuerdos.


    Hola Chespir,

    Este crucero del Rndó Veneciano, lo hicimos nosotros un año antes ( mayo ). Pero hicimos a la inversa que vosotros, el itinerario.
    Nos gustó muchísimo también ( la entrada en Venecia... muy bonita )

    A ver si logro colocar una foto del Zenith de cómo era en aquella época ( que luego cambiaron los colores, quitaron la Ñ de la chimenea y... perdió parte de su esencia primitiva.
    Te lo digo con conocimiento de causa, que volví en él en 2016 y no lo reconocí :blush: :blush: Jajajaja

    Sigo atenta a tu relato, y di a doña Chespira que agradezco sus recuerdos. También le mando otro saludo para ella - desde tierras vallisoletanas -

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    2 años 4 meses antes #1916241 por Lutecia

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