Nosotros solíamos comer en el Garden café, al igual que Maribel, cuando lo cerraban dejaban abierto el bufet de la parte posterior. Si todas las mesas estaban llenas, podías ir con tu plato al Papa's que es el restaurante italiano que hay en la parte posterior, al otro lado del bufet.
A la hora de cenar, solíamos ir al Gran Pacífic. La carta siempre era la misma, creo que seis platos de entrantes, seis de principales y seis postres. Cada día había unas especialidades distintas donde poder elegir. La cantidad de comida correcta, ni poca, ni mucha, para mi gusto. La carta del Alizar era la misma del Gran Pacific. Si tengo que escoger, particularmente a mi me gustaba más el ambiente del Gran Pacific, pero para gustos...
También probamos el Cagney's Steakhouse, todo muy bueno, pero ya no podíamos más, supongo que ya estábamos un poco saturados de tanta comida. Nos atendió la "Washy washy woman" y fué encantadora.
La última noche fuimos a Le Bistro, todo bien pero creo que para el tipo de comida que tomamos podría entrar perfectamente dentro del precio del crucero y no tener que pagar un suplemento especial para ir a este restaurante. La decoración excelente. Teníamos al capitán cenando en la mesa de al lado con su familia.
Respecto a la cena de Nochevieja, la verdad es que fue un poco decepcionante. Para ser una noche especial pensaba que se lo habrían "currado" un poco más. El menú fué bastante soso. Otras noches cené bastante mejor. Nos hicieron esperar mucho para tener mesa, pero cuando entramos, muchas mesas estaban vacías. Muchas estaban por recoger, cosa inusual, faltaban muchos camareros, tardaron mucho en servir y estaban bastante desbordados. Pero hay que decir que el chico que nos sirvió se esforzó mucho y estubo muy atento con nosotros.
Una noche pasamos por delante del restaurante Tepanyaki y me recordo cuando iba con mis hijos al zoo y nos parábamos delante de la jaula de Copito de nieve (que nadie se ofenda). Estaba la gente cenando tranquilamente y todo el mundo apelotonado delante de los cristales mirando como los cocineros hacían su espectáculo y aplaudiendo cada vez que acertaban a meterles la comida en la boca. Sentí vergüenza ajena. Con lo que cuesta tener que ir a estos restaurantes al menos podrían bajar las persianas para que la gente disfrute de un poco de intimidad, al menos es mi opinión

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