A las 10.30 en punto, hora española
, volvemos a pisar suelo ibicenco (lo siento, el del puerto no vale. Todo hormigón y cemento, ¡qué poco chic!
). “El Corso” atraca en el encalado barrio de La Marina, uno de los lugares más míticos y encantadores de Ibiza. Aquí vivían antiguamente los pescadores de la isla, pero ahora sus calles estrechas y sinuosas, con sus paredes irregulares de piedra y sus robustas puertas de madera, se han convertido en el eje sobre el que gravita tanto la vida diurna como la nocturna de la ciudad; en pocas palabras, de día, el hábitat natural de cientos de bares y terrazas alternando con tiendas de toda índole: algunas, muy curiosas; muchas, de recuerdos… pero, sobre todo, con un denominador común: el blanco reluciente de la moda adlib vistiendo sus escaparates… Y cuando el sol empieza a ponerse, la noche se viste de gala, el ambiente se transforma y da paso al “pecado”… Las calles se visten de fiesta y se convierten en pasarela improvisada de gente de todo pelaje, difícil muchas veces de catalogar. Los troyanos tenemos otro plan para esta noche, pero cuánto me acuerdo de esas noches en La Marina, paseando entre miles de turistas mientras curioseas las últimas novedades en baratijas de los puestos de los hippies… o tranquilamente acomodados en una terraza, degustando algún licor espirituoso y contemplando la fauna pasar… ¡Una delicia! 
Cada vez que vuelvo de un crucero y relato mis vivencias en las redes sociales (bueno, solo en una, que parece que use más
…), a Patri le gusta que le describa a qué huelen los lugares que visito. Me encanta este desafío, me fascina tanto, que despliego como un gran abanico todos mis sentidos y capturar así la auténtica esencia de las ciudades. Y yo me pregunto ahora: ¿pero a qué huele Ibiza? Honestamente creo que es harto difícil decantarse por un único olor, porque Ibiza es una isla que evoca mil aromas y más: la fragancia de los bosques de pino que tapizan su geografía; el suave olor a lavanda y a tomillo, a limón y a naranja, a salvia, a romero, a jazmín, a azahar… las esencias naturales con las que aliñan el perfume más conocido de la isla y que usan muchas famosas. Hierbas de Ibiza se llama (otro suvenir que no debéis olvidar en vuestro carrito de compra
). Si los colores despidieran alguna fragancia, no hay duda de que la pureza del blanco de la moda adlib (del latín ad libitum ‘a gusto, a voluntad’; vamos, ‘con libertad’) sería el máximo estandarte del aroma ibicenco. ¡Cómo no aspirar el olor a sal, si Ibiza es la productora por excelencia de esta apreciada especia! Pero si tuviera que quedarme con solo un aroma, uno solo, me quedaría con esas flores que hoy colorean la isla y la envuelven con ese halo bohemio que se resiste a perder.
Ya sabemos que la fiesta es esta noche en “Pachá”, pero La Marina ya está completamente impregnada del espíritu “Flower Power”.
[color=#0000ffNo podía faltar el itinerario a seguir durante nuestro informal paseo por la isla pitiusa

… Bueno… Buscando, buscando… me encontré con la
Ruta de los Baluartes, un recorrido muy detallado y completo, y que describe tres fascinantes trayectos por
Dalt Vila. No puedo negar que me encantó adaptar el recorrido a nuestros pasos, pero la guía la dejé en el barco

… (acordaos: las tres
H 
) y tampoco nadie se la trajo. Daba igual. Lo nuestro es la aventura. En ningún momento, nos propusimos obedecer sus directrices. Para quien no conozca la isla, recomiendo mucho esta ruta. Me parece genial.[/color]
Aquí tenéis toda la información sobre la ruta:
ibizaspaines.wordpress.com/2013/08/04/rutas-por-dalt-vila/
En cualquier caso, no podíamos por menos iniciar nuestro camino por una de las cinco puertas que da acceso al recinto amurallado de Dalt Vila, en este caso la más bonita y, cómo no, la principal: el Portal de Ses Taules, que se encuentra justo enfrente del “mercat vell” que, por supuesto, continúa en funcionamiento y donde podéis comprar la codiciada sal de Ibiza, entre otras cosas
.
Dalt Vila, la ciudad alta, encuadrada en unas imponentes murallas que la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad en 1999 y que fueron mandadas construir en el siglo XVI por el rey Felipe II, muy consciente tanto de la posición estratégica que ocupaba la isla en el Mediterráneo como del valor de sus recursos naturales (nos referimos a la sal, por supuesto, muy codiciada entonces por los piratas que asediaban la isla; especialmente, por uno: el temido corsario Barbarroja, almirante de la flota turca).
Barba roja, no... mi perillita entrecana, más bien
... ¿Temido? Espero que no nos topemos con algún inocente animalito
...