Miércoles, 1 de abril
Conseguí abstraerme un poco del problema en que andaba metido y decidí enfocarlo hacia la parte lúdica: el crucero en sí.
Para no perder la costumbre empecé a navegar por la red. Infocruceros, MSC, páginas turísticas,… Ya sabía que el Fantasía era como el Splendida, distintos nombres y distinta decoración para las mismas instalaciones. Comparé los planos de ambos barcos para convencerme de ello. Lo malo era repetir barco, lo bueno el tiempo que ahorraríamos en orientarnos. La distinta decoración nos daría, quizás, la sensación de estar en un barco nuevo, pero no me hacía muchas ilusiones. De todas formas tampoco era tan malo repetir, la semana pasada en el Splendida (si obviamos la inquietud por ser atacados) fue muy buena y ahora, pocos meses después, tenía la posibilidad de repetirla (obviando de nuevo el desconocimiento a lo que podía pasar).
A la información recopilada en el crucero anterior respecto a las escalas le podía añadir mi propia experiencia por lo que me ahorré ese trabajo. Solo desconocía lo referente a Nápoles, pero pronto dejó, también, de ser un lugar desconocido.
Nápoles:
Capital de la región de Campania, posee más de un millón de habitantes siendo la tercera ciudad más grande de Italia. Linda con el Golfo de Nápoles y como vistas tiene el colosal volcán Vesubio. Nápoles hay que vivirla: hay que estar dentro de ella para saber cómo es: vivaz, desorganizada, con imagen caótica, pero dentro de ese caos mantiene un cierto orden, ya que sus propios habitantes se crean sus propias reglas: sólo hay que conducir por las calles de Nápoles para comprenderlo...
Nápoles tiene un clima mediterráneo. Los inviernos son suaves y los veranos calurosos. Los meses más cálidos son julio y agosto. Las temperaturas medias de invierno van de los 10º a los 20º C y en verano de 25º a 38º C. A la sombra del Vesubio el turismo tiene raíces antiguas: tras las huellas de los colonos griegos, aristócratas refinados y emperadores romanos construyeron villas suntuosas, y oasis de paz a lo largo todo el perímetro del Golfo. No es casualidad que la magia peculiar de esta civilización milenaria continúe generando, al alba del tercer milenio, siempre nuevas ocasiones de maravilla: recuperación de ruinas monumentales y de tradiciones – folklore, gastronomía, cultivos genuinos – que se creían irremediablemente comprometidas, eventos y espectáculos dignos de los grandes circuitos internacionales, nueva linfa para la investigación artística y científica.
En Nápoles son innumerables los tesoros artísticos que se pueden visitar: el centro histórico, patrimonio mundial tutelado por la Unesco; los palacios, las iglesias, las catacumbas y los pasadizos subterráneos, el Museo Arqueológico; los lugares del poder medieval y renacentista densamente ubicados alrededor de Castel Nuovo y el Palacio Real; el paseo marítimo inolvidable, desde Castel dell’Ovo a Posillipo.
El área de las colinas del Vomero propone, en las sedes restauradas de manera ejemplar del Palacio Real de Capodimonte y de la Cartuja de San Martino, colecciones de museo entre las más importantes del mundo.
Un recorrido por la ciudad del siglo XX conduce, entre tantas emergencias urbanísticas y arquitectónicas dignas de mención, hasta las arquitecturas racionalistas de la Mostra d’Oltremare, con el parque y las estructuras deportivas y expositivas; a poca distancia, la Città della Scienza testimonia la recuperación de estructuras de arqueología industrial y la originalidad de una tradición científica que se renueva.
Insólita y sorprendente, por último, la exploración de los nuevos lugares del arte contemporáneo: edificios monumentales como el PAN, Palazzo delle Arti Napoli, el Madre, Museo di Arte Contemporanea Donnaregina, un ejemplar único admirado en todo el mundo como las estaciones de arte del metro, ilustran tangiblemente los horizontes originales de una política cultural finalmente previsora.
Nápoles, en definitiva, permanece hasta el final, a pesar de las dificultades y las contradicciones comunes a todas las grandes metrópolis, una realidad fuera de lo común, para vivirla, admirarla, degustarla, con todos los sentidos: por la trascendencia del arte y de la cultura que ha marcado indeleblemente su historia; por el clima templado, que acompaña día y noche espectáculos, festivales teatrales, musicales, muestras, ferias, manifestaciones religiosas; por las oportunidades “golosas”, a la descubierta de una tradición gastronómica plurisecular, de los sabores de mar y de sus productos “típicos” únicos (mozzarella de búfala, la pizza, los vinos, una pastelería refinada y variada) en todas las variaciones sabias de los numerosos locales históricos o de los talleres artesanales más inesperados y escondidos.
La máscara de Pulcinella, la típica máscara napolitana habría sido inventada en el 1656 por Andrea Calcese alias Ciuccio. El nombre debería derivar de la voz bajo-latina Pullicenus (“polluelo”).
Pulcinella es la expresión del “pobre”, de quien es “maltratado” y tiene un hambre atávica e insaciable. Parece ingenuo, inexperto, un poco “tonto” pero en realidad es un hombre de mil recursos: con la simpatía logra arreglárselas incluso en las situaciones más difíciles. El filósofo Benedetto Croce lo definió como el “retrato, la caricatura o el ideal del napolitano”.
Los orígenes de la ciudad se pierden en el tiempo y en leyendas fascinantes. La hipótesis más fehaciente coloca su nacimiento en el siglo VII a.C, cuando los griegos colonizaron el Golfo para dirigirse hacia los emporios mineros del alto Tirreno. En el 326 a.C fue declarada colonia romana.
Después de la caída del imperio romano, Nápoles se convirtió en la capital de un importante Ducado que logró resistir la oleada de invasiones longobardas.
En 1137 el Ducado cayó en manos de los Normandos quienes integraron los distintos factores étnicos. El puerto de Nápoles se convirtió en el puerto más importante del Mediterráneo.
Después de la muerte de Federico II de Suevia, Carlos de Anjou hizo su ingreso triunfal en Nápoles en 1266. El poder pasó a manos de Alfonso de Aragón en 1442, después de una larga guerra que asoló todo el reino.
En poco tiempo la situación cambió: se realizaron imponentes trabajos (construcción de alcantarillados y carreteras) y reestructuraciones (se construyó el Arco de Triunfo en el Castel Nuovo). Otras obras (como la apertura de vía Toledo y la construcción de los barrios españoles, la restauración de la Costa de Chiaia) fueron llevadas a cabo durante los dos siglos del virreinato español (1503-1707), hasta la llegada de los Borbones (1734) que gobernaron el Reino de Nápoles hasta el 1860, año de la Unidad de Italia.
Pompeya:
Pompeya fue una ciudad de la antigua Roma que quedó sepultada por la gran erupción del Vesubio en el año 79 d.C.
Al ser sepultada con tanta violencia y de forma repentina, la ciudad presenta un estado de conservación inmejorable, mostrando la mayoría de sus edificios, elementos decorativos, e incluso los restos de algunos de sus habitantes.
Se cree que la ciudad fue fundada por los oscos en el siglo VII a.C., y con el paso de los años se convirtió en una ciudad rica, repleta de palacios, monumentos y jardines. Pompeya disfrutaba de una gran prosperidad cuando en el año 62 sufrió un gran terremoto que dañó seriamente la ciudad.
Mientras aún continuaban las tareas de reconstrucción, en el año 79 tendría lugar un trágico acontecimiento que marcaría el rumbo de la historia de la ciudad. Una mañana el volcán Vesubio despertó con gran fuerza, enterrando bajo sus cenizas la ciudad por completo.
La ciudad permaneció en el olvido hasta que fue redescubierta en el siglo XVI. En 1748 comenzaron las excavaciones y desde entonces han sido desenterradas más de 45 hectáreas de terreno.
Las ruinas de Pompeya son muy extensas y es posible recorrer gran cantidad de edificios en los que los ciudadanos hacían su vida diaria, entre los que destacan algunos templos, la basílica, el foro y las termas, además de algunas casas de las más lujosas decoradas con frescos y mosaicos.
Uno de los edificios más curiosos es el lupanar, un prostíbulo de la época en el que pueden verse las rudimentarias camas de piedra que utilizaban, además de algunos frescos con pinturas eróticas.
En el granero del foro se conservan una gran parte de los restos arqueológicos, además de las figuras de algunos de los cuerpos que fueron encontrados bajo las cenizas.
Como curiosidad los enormes pasos de cebra de piedra que se utilizaban en aquella época. Con ellos los ciudadanos podían cruzar la calzada sin mancharse los pies, ya que ésta estaba normalmente inundada y bastante sucia.
Pompeya fue una ciudad espectacular y resulta sorprendente que se encuentre en un estado de conservación tan bueno. Durante la visita se tiene la sensación de estar recorrie ndo una ciudad que aún continúa siendo habitada, ya que se conservan la mayoría de los edificios y gran parte de la decoración de las casas.
Probablemente una de las partes más llamativas a la par que escalofriantes de la visita sea la exposición de las figuras de los ciudadanos que quedaron atrapados por las cenizas, en cuyos rostros aún se contempla el pánico que vivieron.
Recuperé la carpeta que había archivado del crucero realizado a bordo del Splendida y sustituí la información de Roma por la de Nápoles (incluyendo Pompeya). Por supuesto había que modificar la programación para adaptarla al nuevo crucero.
El Fantasía zarparía de Barcelona el viernes 15 de mayo a las 11 de la noche; una buena ocasión para ver desde el mar la ciudad iluminada. El sábado a las 12 deberíamos llegar a Marsella. 7 horas después partiríamos rumbo a Génova donde llegaríamos el domingo a las 8 de la mañana. A las 5 de la tarde iniciaríamos la navegación que nos llevaría hasta Nápoles, puerto en el que atracaríamos el lunes a la 1 del mediodía. A las 7 el Fantasía iniciaría una nueva singladura que nos llevaría hasta Mesina en la isla de Sicilia, donde llegaríamos el martes a las 8 de la mañana. A las 6 de la tarde una nueva etapa hasta La Valletta, el principal puerto de Malta que nos recibiría el miércoles a las 7 de la mañana y nos despediría a la 1 de la tarde. El jueves 21 de mayo lo pasaríamos navegando hasta las 9 de la noche en que llegaríamos a Palma de Mallorca. A las 5 de la madrugada del viernes el barco partiría rumbo a Barcelona, donde llegaría a las 2 de la tarde y se produciría la finalización del crucero.
Mismas escalas para un nuevo crucero permitirían hacer cosas distintas. En Marsella se podía repetir la visita a la ciudad o viajar hasta Aix en Provence o Cassis; en Génova podría estar bien desplazarse hasta Portofino; en la nueva escala de Nápoles, por supuesto, visita obligada a las ruinas de Pompeya y si sobraba tiempo un paseo por la ciudad; en Sicilia podríamos desplazarnos hasta Taormina o hasta el Etna; La Valletta, en Malta, es una ciudad monumental que en el crucero del Splendida no pudimos disfrutar y por último, la escala de Palma de Mallorca parecía más una escala técnica que otra cosa, ¿qué íbamos a hacer desde las 9 de la noche hasta las 5 de la madrugada del día siguiente? Poca cosa, a no ser que los comerciantes mallorquines fueran lo suficientemente avispados como para mantener abiertos sus comercios hasta tarde, lo que nos podría permitir comprar ensaimadas en un lugar distinto a la terminal del puerto.
Quedaba tiempo para programar actividades. De pronto una sensación extraña empezó a recorrer mi estomago, ¿estaba volviendo a la realidad y me embargaba la preocupación por lo que nos esperaba? Puede que sí, pero un ruido interno me informó de que lo que sentía en ese momento era hambre y nos dispusimos a comer.