Tras un baño de glamour en el entorno del gran casino, descubro que nuestra nave se ha movido y se hará el embarque en tender, para dejar sitio al Sea Cloud. Descubro cosas de lujo como las toallas heladas antes de embarcar, los ponches de fruta a nivel de embarcadero, y aunque vuelvo a darme cuenta de la inutilidad de la categorización. Azamara es la naviera de “acelera y marcha atrás”, aunque supuestamente el vino está incluído con las bebidas, descarte de esto el Grill de la piscina, que está abierto todo el día, ,y que ofrece un amplísimo menú de comidas como burgers vegetales, hot dogs, ensaladas, guacamoles y nachos, brochetas de varias carnes etc.
(que hace mi coche ahí). Bueno, el de atrás
La zona de piscina estaba insoportablemente caldeada, y se servía el té, que no era particularmente bien surtido, aunque en temas pasteleros me reconcilié con la naviera. El Carré de Praliné fue todo un descubrimiento gastronómico, digno de figurar en el libro de los record “postre-cruceriles”. Partimos, y nos alejamos de una potente tormenta que azota Monaco. Hoy tocaban citas importantes, tras una jornada larga de piscina, jacuzzi y lectura, la cena me deparó algo sorprendente y no agradable para una naviera, que pretende ocupar un sitio entre las grandes.
Y me gustaría se contundente en este caso. El nivel se hace con sutileza. Para tener clase, hace algo más que decirlo, sino mostrarlo. Una naviera que incita a sus pasajeros a un relajado código de vestuario, en donde lo “casual” es lo característico, resulta sorprendente la extremadamente poco elegante forma de decir a un pasajero que no va adecuado para entrar en el restaurante. Esa noche me había fijado en los estilismos imposibles de la mayoría de los pasajeros: camisas de cuadros y manga corta con corbata, camisetas, pantalones de poliester de atrevidos colores, con zapatos de sandalias y calcetines, hasta desmontables con zapatillas de deportes.
El único pasajero que fue enviado de forma poco sutil a cambiarse, fue un impecable italiano, que además de portar un exquisito blazier de Dolce Gabbana, camisa de marca blanca y azul de rayas, e estilismo de terraza de Portofino, comete “la descortesía” de entrar con un carísimo vaquero de Armani. Eso si, a continuación entra un caballero con un pantalón de acampada, y zapatos de charol. No es que los latinos tengamos mucho que aprender de como vestirnos de los americanos, y que las normas son las normas, pero creo que Azamara necesita urgentemente un guru de estilo, y saber estar.