Muy buenas,
Ya hemos vuelto a la vida “normal” después de otra experiencia con el Grand Voyager, la tercera en pocos años. Hicimos Cádiz-Cádiz del 4 al 11 de julio de 2011. Todas la percepciones son subjetivas, pero yo creo que ha perdido un poco. No sé si es que pasan los años (para el barco y para nosotros) o es el cambio de compañía (ahora Iberocruceros es propiedad de su histórica competidora, Costa Cruceros) o los recortes debido a la crisis. También es verdad que los dos primeros recorridos fueron auténticamente de bandera (Adriático y Egeo, y Báltico) y en este tercero, el Atlántico, las distancias son mayores, hay más horas de navegación y, éste es un océano y por lo tanto nada plácido.
1. El recorrido.
Sobre el papel ya sabíamos que las escalas eran cortas y que había que aprovecharlas al máximo.
Aunque el original es Vigo-Vigo, parace que esté montado para que la mayor parte del pasaje salga desde Cádiz. Esto se nota en la organización interna e incluso en algunas actividades musicales, dadas demasiado (para mi gusto) a los tópicos españoles y al folklore andaluz. Hace años existía un barco, llamado “Latino” o algo así; no lo cogimos nunca pero por los comentarios que me han explicado éste se parece bastante.
De Cádiz a Casablanca, notamos la influencia del Estrecho de Gibraltar apenas salimos del puerto. Fue una noche “movidita”, per sin problemas. De Casablanca a Agadir, tres cuartos de lo mismo. Son navegaciones nocturnas, de manera que aunque el barco se mueva, buena parte del trayecto se hace durmiendo.
De Agadir a Madeira ya fue otra cosa. En condiciones de marejada y a mar abierto, este barco es una chalupa (o una patera como algún otro pasajero comentaba). Los estabilizadores no dan abasto a eliminar el movimiento y el vaivén es muy importante. La pista que nos dio la tripulación de que iba a ser una travesía (además larga porque está muy lejos) son las bolsas en las barandas de las escaleras, porque en alta mar no es posible salir a las cubiertas laterales y, claro, no se le puede dar de comer a los peces.
Otro calvario similar fue el de Madeira a Lisboa. Según se comentaba a bordo, la compañía está estudiando eliminar esta escala por las quejas que les han hecho llegar, teniendo en cuenta que de Madeira lo más bonito no es Funchal , si no el interior de la isla.
El bordeo de la Península Ibérica entre Lisboa y Vigo ya fue algo diferente. Se mueve, claro que se mueve, pero no estamos en un hotel, estamos en un barco. Y, por último de Vigo a Cádiz, fue para nosotros el tramo más plácido, con viento de norte a favor. Un incidente eléctrico en Vigo, pospuso la salida prevista para el domigo a las 14:00 hasta las 18:00, de manera que a Vigo no llegamos a las dos de la tarde sinó a las 6. Eso provocó que mucha gente perdiera las combinaciones de tren o avión para regresar a su casa. Otros tuvimos que correr para no perderlas.
2. El barco y sus servicios.
Los servicios del Grand Voyager que conocimos en las dos anteriores veces ya no son los mismos, tal y como he comentado al inicio. Se notan los recortes, sean por las razones que sean. Aun así, da gusto tratar con algunos tripulantes de a bordo como la asistente de cabina o camarera de habitaciones Angélica –del pasillo izquierdo delantero de la cubierta 4-- por su gran profesionalidad y que nos dispensó un trato exquisito, siempre con la sonrisa puesta, muy atenta con los niños y que hizo muy agradable nuestra estancia. Los camarotes no han cambiado pero hay detalles que confirman una vez más lo de los recortes: no hay cleanex en los lavabos, ni pastillas de jabón para las manos, y falta uno de los dispensadores de champú en la ducha. Las cortinas que tapan la ventana están casi todo el tiempo descolgadas de un lateral y la TV del camarote es antediluviana, se ve fatal y tuvimos la mala suerte de dar con un mando roto que nadie arregló durante la semana de estancia. Este es el informe de nuestro camarote; con ello no quiero decir que en todos haya estos problemas, naturalmente.
La recepción: aunque en el video promocional que emite uno de los canales internos del camarote salgan sonrientes cinco o seis recepcionistas, como mucho nos encontramos dos, de manera que en momentos puntuales la cola que se forma es larga. Algunos de los trámites que antes había que formalizar en recepción, ahora se pueden hacer automáticamente en maquinitas instaladas cerca de recepción: registro de tarjetas de crédito vinculadas a camarotes donde cargar gastos, reserva de excursiones, contratación del wifi… Por cierto, me parece abusivo que cobren 24 euros por 3 horas de conexión a la red wifi del barco más 3 euros adicionales por registrarse; sobretodo cuando en la mayoría de hoteles de categoría media y otros locales como cafeterías, etc… el wifi es gratuito.
Restaurantes y bares : El Selene, cubierta 5, continúa siendo a la carta; incluso –y eso es novedad—en el desayuno. Antes, el desayuno era buffet también en el Selene; ahora, a la carta, es lentísimo. Las cartas de almuerzo y cena son correctas, platos un poco escasos para los comilones, pero correctos. Hay la posibilidad de contratar un “todo incluído” (112 euros/adultos y 56/niños) que te permite consumir gratis en los restaurants (el vino ha de ser el del día, no se puede escoger), en todos los bares y discoteca. No incluyen las bebidas premium (por ej. sí entra Wiskhy Ballantine’s o Cutty Sark, pero no los superiores) ni tampoco las bebidas consumidas del minibar del camarote.
El Buffet Garden, cubierta 6, continúa con un amplio abanico de entrantes, primeros, segundos platos y postres, aunque considero que es demasiado repetitivo (cada día hay más o menos lo mismo). El Garden sigue siendo el comedor bullicioso y un poco incómodo de siempre.
A parte de eso se mantienen la barbacoa del Bar Gambrinus, cubierta 6 popa, las meriendas en el Garden, el snack hot dog en el lateral del bar de la piscina, etc… Y los bares son el piano bar de enfrente del Garden y el bar del medio, encima de Recepción.
Eso no ha cambiado, pero lo que sí se ha notado mucho es el cambio de personal que sirve en bares y restaurantes. Hay excepciones, pero en general se ha perdido la profesionalidad de ediciones anteriores. Camareros muy lentos en tomar comandas y servirlas (diría que hay menos personal en bares y restaurantes), aunque tampoco te permiten ir a la barra y pedir directamente y llevarlo a la mesa, a menos que consumas sentado en la barra; te dicen: “siéntese señor/a, que ya les servirá el camarero/a”. Y vuelve a pasar media hora más. Esa lentitud es para todos, para los “todo incluído” y para los que pagan la consumición al momento.
La piscina: Bueno, los que hayáis viajado en el GV ya sabéis que sus dimensiones no son extraordinarias, pero es suficiente para darse un chapuzón (aunque pensad que es de agua salada, que se renueva a medida que el barco navega y que está heladísima). Aunque insisten que no se pueden “reservar” hamacas, poniendo la toalla encima y plegando el respaldo, la gente pasa de todo y, en cuanto sale un rayo de sol, están todas “ocupadas”. No he visto nadie del personal que controle que eso no pase. Las toallas, en el momento de retirarlas te piden la tarjeta del camarote y te “amenazan” que te cobrarán 12 euros si no las devuelves al final del día.
El teatro esta vez casi ni lo hemos pisado por el tema del movimiento del barco y por temor a marearnos. Hay que pensar que está en la proa y con olas, hasta los artistas tenían problemas para mantener el equilibrio, según nos contaron. Los espectáculos tienen buena pinta, para pasar un rato.
La directora de crucero es esta temporada, verano de 2011, una tal Elaine Santana, brasileña de Sao Pablo. Las comparaciones son odiosas, pero los dos anteriores me parecieron mejores. De ella depende buena parte de la organización de los pasajeros a bordo y el propio equipo de animación. Pero esa es la teoría. Un detalle: las comunicaciones “importantes” siempre las hace el propio capitán, lo nunca visto. Si en algo ha tenido que ver en el programa de animación musical, como ya dije al principio me parece un exceso de tópicos españoles, pero naturalmente todo es opinable. El GV embarca a gente en Cádiz, Vigo y Lisboa, pero la mayor parte del pasaje es de España. Haciendo un paralelismo con los otros dos destinos que hemos hecho con este barco, en el que hicimos de Estambul a Venecia, pasando por las islas griegas, había una gran cantidad de pasajeros españoles e italianos y el director de crucero era italiano. En el Báltico, con muchos alemanes y daneses, a parte de españoles, el director de crucero era británico. Ahora les hubiera ido mejor un director de crucero español o alguien que conociera mejor las culturas actuales de España.
La discoteca, cubierta 7 proa, por suerte, sí que ha hecho las delicias de los más marchosos.
La costumbre internacional de pagar un suplemento por el servicio de hotel en un crucero, las populares propinas, tiene un coste de 64,96 €/adulto y de 32,48€/menores.
3. Qué hemos visto en las escalas.
Todas las escalas (eso pasa con casi todas las navieras) están pensadas única y exclusivamente para las excursiones organizadas. Aun así, hay que espabilarse para poder visitar por libre y evitar que te peguen un palo, ya que son carísimas.
Cádiz. El casco histórico está a un paso del puerto, por lo que es muy fácil visitar la ciudad por libre. Sus calles estrechas facilitan pasear por la sombra incluso a mediodía. Las terrazas, por la tarde, después de la playa, están atiborradas de gente que busca tomar una tapa y refrescarse con una cañita, Cruzcampo, por supuesto, las demás cervezas ni existen. Recomendable la Taberna del Vino, calle Sagasta, cerca de la plaza de las Flores, regentada por José Luis y su novia, dos artistas de la restauración que han transformado un antigua peña de flamenco en una pequeña taberna de tapeo para gourmets. En Cádiz todo está a mano: Catedral, Barrio del Pópulo, Playa de la Caleta, castillos de San Sebastián y Santa Catalina, Baluarte de la Candelaria, Calle de la Palma…. Sólo hay que patear y si queréis podéis pedir en la Oficina de Turismo unos trípticos gratuitos que se llaman “Paseos por Cádiz” donde te indican diferentes itinerarios. Esos itinerarios están marcados con líneas de colores pintadas en el suelo que hay que seguir.
Casablanca. Os “venderán” que es muy insegura, como la siguiente etapa, Agadir; pero que no os engañen, lo único que quieren es colocar las excursiones del crucero. Lo único que, como en la mayoría de países del Magreb, hay que regatear el precio siempre. Fijáos que lo subrayo: en todos sitios tienden a darte un precio desorbitado. Negaos y ofrecer la mitad o menos, ya negociaréis el precio final. Los taxistas, tanto en Casablanca como en Agadir, os ofrecerán una panorámica de la ciudad (de 2 ó 3 horas) con la que es suficiente visitar lo que queráis. Conducen fatal, pero es normal. Si os gusta ese servicio, negociad el precio y, sobretodo, pagad siempre al final, así no hay tentaciones del taxista que, en lugar de esperaros a la salida, se vaya. En todos sitios aceptan euros, pero ojo con el cambio, por que algunos redondean muy a su favor. Id informados de los tipos de cambio: este mes de julio de 2011, el dinar marroquí o dihram estaba a 0,089 euros. Ejemplos de cambio: 100 DH = 8,9 € / 300 DH = 26,74 €.
En Casablanca, el “tour” de los taxistas empieza siempre con la visita a la Mezquita de Hassan II, la segunda más grande del mundo árabe después de la Meca. La entrada cuesta 120 DH/adultos y 60 DH/menores y estudiantes extranjeros. En la taquilla de la mezquita hacen el cambio en euros con su “redondeo” a 12 y 6 euros respectivamente. Un robo, pero la mezquita vale la pena visitarla. Las visitas se pueden hacer por dentro si no hay oficio religioso. Son guiadas y hay que tener ern cuenta que están programadas para las horas en punto: 9, 10 y 11 de la mañana siempre y 14 y 15 también durante el verano. Los viernes sólo a las 9 y a las 14. Si cogéis un taxi en el puerto, hasta la mezquita hay unos 15 minutos. Si no llegáis a la hora, tendréis que esperaros a la siguiente, con la consiguiente pérdida de tiempo; aunque tranquilos que vuestro taxista, como no ha cobrado, os esperará lo que haga falta. Tanto en Casablanca como en Agadir, están orgullosísimos de tener las mejores cadenas hoteleras instaladas en la ciudad, de manera que hay momentos del “tour” que parece una visita por las zonas hoteleras. Tarde o temprano, el taxista os dirigirá a algún zoco o zona comercial donde –seguro—tiene apalabrado con los comerciantes que traerán turistas. No son pesados (como en Túnez), en general, y si no os interesa nada, salís de vacío y no pasa nada. Para vender tienen especias, tejidos, artesanía y todos los derivados del “argán”, una especie de ungüento que elaboran a partir de semillas y que sirve para todo. Casablanca tiene poca cosa más, a parte de ver el centro, unas curiosas piscinas “naturales” construídas a pie de rocas y el caos circulatorio en el cual viven sus habitantes.
Pero Agadir aún tiene menos que ver. Es la zona más turística de Marruecos. Tiene playas immensas (pero Casablanca también las tiene) y zonas hoteleras donde, dicen, vienen a disfrutar del sol y de la playa muchos europeos, alemanes y británicos, sin aventurarse siquiera a adentrarse en la ciudad. Tanto en Agadir como en Casablanca (como en todas la ciudades medianas marroquís) hay un Palacio Real, fuertemente custodiado por la policia, y que sólo podréis ver por fuera.
Para aventurarse y ver Agadir también es necesario un taxi, si no queréis recorrer unos 30 minutos a pie al lado del muro que separa la carretera de la marina náutica y del puerto pesquero (por cierto que en el puerto hay chiringuitos de dudosa reputación sanitaria donde dicen que se consume el pescado más fresco de la zona). Los taxistas de esta ciudad tienen unas tarifas marcadas que te muestran en una pizarra. Según esas tarifas: 8 euros para llevaros al centro de Agadir y 30-35 para hacer un tour de 2 horas. Pero lo dicho, regatead. El tour lo podéis sacar por 20-25 euros toda la familia en un Grand Taxi. El tour muestra las zonas hoteleras, el centro, alguna mezquita (por fuera), el consabido zoco o mercado y, por último, una visita a la parte más alta de la ciudad: la Cashba. Ahora son cuatro piedras. Un terremoto la destruyó por completo en los años 60. Quedan unas murallas que dan al pàrquing. La policia “vigila” la zona siempre. En el acceso a las ruïnas hay tenderetes supuestamente de bereberes, camellos, el títpico plasta con la serpiente para hacerse una foto, etc… Y ojito con los “oportunistas” que se ofrecen para hacerte de guía, cuando ni siquiera saben hablar bien ni tienen ninguna formación de nada. Con un “no quiero guía” hay bastante para que se vayan.
Funchal es la capital de Madeira, pero no lo mejor que tiene la isla, con una vegetación frondosa que tiene que ser digna de ver. Del barco al centro de la ciudad hay unos 15 minutos andando; pero a diferencia de Agadir y Casablanca, es una zona (ahora en obras) que no está mal. Lo primero que os encontraréis es un centro comercial delante del puerto y pasado eso los buses Sightseen de todos las ciudades. Hay una oferta de 2 recorridos al precio de 1 por 12 euros (y que nosotros, unos cuantos del barco que formamos un grupo de unas 20 personas, negociamos a 10 euros los adultos y los menores de 18 años gratis –eso de venir de Marruecos…--). Pero ojito porque una de las rutas acaba a las 4 de tarde, informáos bien. Una de las paradas del sightseen es delante del funicular de Funchal, el que te lleva a Barrio Alto. Aquí lo único que pudimos negociar es un 10% de descuento por grupo. El coste es de 10 euros/adultos y 5 euros/menores sólo ida y 15 y 7,50 respectivamente, ida y vuelta. Los que hacen sólo ida es porque quieren bajar en los popules “cestinhos” (en youtube podéis verlos), una especie de trineos impulsados en la parte trasera por dos personas que van vestidas como los gondoleros de Venecia. Los cestinhos son para dos personas, 12,5 euros cada uno si lo comparten, si lo utiliza una sola persona, 20 euros.
Lisboa. De la terminal de cruceros a la Praça do Comerço hay andando unos 15 minutos. De allí es fácil adentrarse en el centro, para montar en los “carris” (los tranvías históricos) y subir hacia la Catedral y hacia la Feira da Ladra, el mercado de segunda mano que se monta los martes y los sábados en el Campo de Santa Clara, detrás de la Iglesia de San Vicente de Fora. Es curioso todo lo que llegan a vender allí. Una vez arriba es fácil llegarse a los muchos miradores que hay esparcidos por la parte alta de la ciudad y relativamente cerca queda el Castelo de San Jorge, 7 euros por persona, aunque el precio familiar a partir de 3 miembros de la misma familia es de 3,50. La bajada es más descansada y por eso la solemos hacer andando. De ahí se puede llegar al histórico Elevador de Santa Justa o visitar la estación de Rossio. Con un carris o autobús, podéis acercaros al Barrio de Belém, con su típica pastelería y el Monasterio de Los Jerónimos. Y poca cosa más, porque el barco se va.
Vigo. Me decepcionó que en domingo todo estuviera cerrado hasta las 11 de la mañana y contando con que hay que estar en el barco a las 13’00 pues hay poco tiempo. El puerto no está mal y a partir de ahí, a un paso está en casco viejo y sus tópicos: la plaza de la piedra y la calle de las Ostras. Lástima que la escala de Vigo no sea hasta las 4 o las 5 de la tarde para comer una buena mariscada!!!
En fin, este es grosso modo mi análisis del recorrido del Grand Voyager por el Atlántico, lo que pudo ser y no fue y lo que fue a pesar de las adversidades del océano. La suerte es que los buenos recuerdos no se borran nunca y espero que la compañía vuleva a apostar por este barco pero en otros mares.
Julio de 2011