Ha sido un GRANDÍSIMO VIAJE, así escrito con mayúsculas. Conocer un poco a las únicas y excepcionales gentes de la Melanesia y sus impresionantes paisajes nos ha causado una honda impresión. Hemos sentido verdadera pena de tener que regresar a casa y no podernos quedar unos meses recorriendo cada playa, cada camino selvático y cada aldea o asentamiento, cada cultura y en suma cada rincón de cada isla, y conocer en más profundidad a la mayor cantidad de gente posible. Gente aún pura y sin contaminar por la arrogancia, la avaricia, la envidia, la maldad y todos los males presentes en las mal llamadas sociedades desarrolladas en las que nos ha tocado vivir. Ya estoy dando vueltas a la manera de volver de nuevo......
En cuanto a Sydney resulta impactante la imagen de la Opera House y el Puente de la Bahía que poco a poco aparece a medida que penetras navegando por la espectacular y gran Bahía de Sydney. Una ciudad con muchos espacios verdes, un característico skyline y muy cómoda de patear, pero con unos precios para echar a correr, al igual que muchas de las islas de Vanuatu, Nueva Caledonia y Fiji.
Ahora mismo no dispongo de mucho tiempo, pero en cuando pueda iré clasificando fotos y contando lo que dio de si este largo viaje a las antípodas, en el último continente que nos quedaba por conocer. Por cierto, zarpar del puerto de Sydney a bordo del Oosterdam, cruzar el formidable puente de la Bahía a escasos metros de la chimenea del barco, mientras la mágica y resplandeciente imagen blanca de la Opera House se va abriendo poco a poco ante nuestros ojos entre los repetidos toques de bocina del Oosterdam, es una experiencia digna de vivir y recordar para siempre.
Y por último los aviones. Dentro de lo largo e incómodo que puede resultar los cuatro despegues y aterrizajes que realizamos para poder llegar a la otra parte del mundo, me ha sorprendido que ha sido menos duro de lo que me pensaba en un principio. Quizás sea debido a que estábamos mentalizados que iba a ser una tortura, o casi, y resultó no ser para tanto.