Finalmente, por lo que respecta a las escalas, me sorprendió agradablemente ver lo bien organizados que estaban en el puerto de Civitavecchia.
A diferencia de lo que nos pasó hace unos años

, en el chiringuito que habían montado los de Información y Turismo en mismo puerto, pude comprar los billetes de autobús. En mi caso, para acercarme a las Termas Taurinas (por fin, los del ayuntamiento colocaron dos buses al día que te acercaban hasta allí), pero había gente que se dirigía a la estación para coger el tren. En su caso y en el mío, nos vinieron a buscar a la misma terminal donde te deja el
shuter del puerto.
Las Termas para mi marido y para mí. No había nadie más y es una pena. Están bien conservadas, pero reconozco que al faltarles el agua pierden encanto. Para mí fue una buena opción el poder visitarlas, ya que no quería pegarme la paliza de acercarme hasta Roma "corre que te corre" y en una visita anterior ya había ido a Tarquinia y visto las tumbas etruscas.
Vittorio, el conservador de ese espacio es un encanto. Ya le había escrito antes de salir y amablemente quedó en avisarme de lo del
bus. Casualmente, su correo coincidió con el día del embarque y lo leí a la vuelta

. Puede decirse que accedí a ir por pura casualidad.
Esa misma mañana, la completé con un recorrido por la ciudad y a comer al barco y a descansar.
En Nápoles fue divertido ver el recorrido que se montaron los del puerto para que "sí o sí" pasáramos por delante de sus tiendas ... y compráramos, claro.
Como ya conocía la ciudad y alrededores, me dediqué a callejear tranquilamente. Ahí la ventaja es que pese a las dimensiones del barquito, atracó justo al lado del casco histórico.
Eso sí, en las dos escalas, el calor era sofocante.