DUBROVNIK
La Puerta Pile (1) fue la que utilizamos para penetrar en los muros en los cuales había gente paseándose al igual que hacían los centinelas medievales. Uno de los recorridos
“indispensables” en Dubrovnik es el consistente en rodear las murallas e ir de torre en torre, de paso en paso, entre los rojos tejados y el mar azul. Es la forma idónea de ver la ciudad croata. Nosotros esa opción la quisimos dejar para después de comer, por lo que nos dedicamos unas horas a patear la ciudad por dentro.
Si hay una vía principal en Dubrovnik es la que va de la Puerta Pile a la Torre del Reloj.
Su nombre es “Placa” y es el paseo peatonal más destacado de toda la ciudad. No porque sea peatonal (toda la ciudad antigua lo es) sino porque reúne muchos de los condicionantes apreciados por los visitantes como pueden ser sus monumentos, tiendas,
restaurantes, edificios de una gran belleza y una amplitud suficiente para ser la arteria vital de la antigua Ragusa. Lo primero que uno puede ver al entrar a Placa es la preciosa (2) Fontanna Onofrio (1483), totalmente circular y donde la gente se apelotona para refrescarse o beber agua que cae de sus figuras mitológicas y de angelotes inexpresivos.
Tras hacer lo propio, nuestra mirada se proyectó justo a la izquierda de la fuente. Ahí se encuentra el (3) Monasterio Franciscano coronado por una torre con cúpula oscura y en cuyas paredes se intuyen los disparos efectuados por las tropas yugoslavas durante la
guerra. Entramos a verlo para disfrutar de su precioso claustro, y sobre todo de su farmacia, de la que dicen que es la más antigua de Europa que se conserva (S. XIV) y que sigue funcionando. Sin duda merece una visita, a pesar de que haya que pagar
aparte. A mí, que sabéis que no me gusta perderme nada, fui el único del grupo que dedicó su tiempo y dinero en admirar sus muebles, frascos de todo tipo, cuadros y su estantería de libros llenos de joyas de incalculable valor.
Junto al Monasterio hay una Iglesia de estilo renacentista cuyo interior no es demasiado vistoso y en la que apenas nos detuvimos.
Seguimos por tanto nuestro recorrido por la Placa, también conocida como Stradun, de unos trescientos metros de longitud. El suelo aquí, como en casi toda la Stari Grad (ciudad antigua) es de piedra caliza pulida y con un color blanquecino que se asemeja al mármol. Las tiendas de souvenirs abundan y en ocasiones son las pequeñas callejuelas con ropa tendida que van saliendo a sus lados las que te recuerdan que es un lugar en el que aún vive gente. Esta ciudad parece brillar, desde sus losas hasta su cielo, pasando
por sus más que llamativos tejados. Unos minutos en ella son suficientes para quedar prendado de su belleza y de la armonía de sus calles, que hasta las más pequeñas tienen su misterioso encanto. Al final de la Stradum (Placa) hay una pequeñísima plaza que termina en (4) Torre del Reloj de 35 metros de altura y que es apreciable desde muchos de los rincones de la
ciudad. A la derecha está el (5) Palacio Sponza, que después de sus muchos usos (fue incluso un banco) ahora ejerce función de Archivo. Sus rasgos a veces góticos a veces
renacentistas lo convierten en un lugar especial. A la izquierda la Iglesia de San Blas, de estilo barroco veneciano. En el centro la (6) Columna de Orlando con una figura con espada, uno de los lugares de encuentro típicos de Dubrovnik y que simboliza el deseo de libertad que siempre deseó la ciudad dálmata. No es raro encontrar la palabra latina “Libertas” en paredes e inscripciones de sus monumentos y calles más importantes.
Continuamos nuestro paseo por dejando a un lado la arcada perteneciente a la (7) Casa del Rector, que hacía de residencia de quien llevaba todo el poder de la ciudad y que hoy en día tiene una función cultural y museística. Al final de ésta se encuentra (8) La Catedral de la Asunción de la Virgen, más bella por fuera que por dentro indudablemente.
Después callejeamos y subimos numerosas escalinatas para acceder a esa parte de la ciudad no demasiado abatida por el turismo borreguero procedente de agencias y ferrys.
Las estrechísimas callejas de sólo viviendas habitadas, mezcladas con otras llenas de restaurantes de comida típica italiana forman una dicotomía de tradicionalidad y turistización que chocan perennemente.
El casco antiguo de Dubrovnik recuerda mucho a Venecia, tanto a los que la han visto como a los que no (mi caso en ese momento) pero que han visto innumerables fotografías e imágenes de la ciudad italiana. Obviamente no tiene canales, pero su color y sus formas arquitectónicas mezcla del gótico y del renacimiento presiden la fisonomía de la antigua capital de la República de Ragusa al igual que en Venecia.
Volvimos a entrar por la Puerta Pile para acceder a la parte alta de las (9) murallas, previo pago de siete eurazos. Obviamente es difícil resistirse al encanto de Dubrovnik cuando la ojeas desde las alturas.
Hacer el recorrido que rodea el perímetro urbano tiene premio desde el principio. El dibujo de los tejados rojos sobre los más que blancos edificios contrastan con el azul del cielo y del Adriático, ambos con millones de tonalidades lo suficientemente perceptibles para maravillar a cualquiera. Cuando pasábamos por el lado más cercano al mar vimos
como había gente en las rocas, a los pies de la muralla, que se estaban bañando o tomando el sol. Mirando hacia ésta no se nos escaparon las torres, las estructuras góticas y renacentistas de los templos y viviendas más importantes. El reflejo del sol hace que las calles parezcan hechas de marfil o de mármol de carrara. Pero son los tejados rojo fuego los protagonistas de la bella panorámica que se tiene desde arriba. Antes de la guerra eran de color miel, al igual que el del Monasterio Franciscano, pero tras los graves daños sufridos por los bombardeos realizados por los inmensos barcos serbios, decidieron reemplazarlos con una tonalidad diferente pero mucho más atractiva. La destrucción alcanzó un porcentaje elevadísimo de la ciudad, si comparamos lo nuevo y lo anterior a la guerra. Gracias a la
labor destacada de las instituciones y con la UNESCO de fondo, se logró la vuelta de Dubrovnik al dinamismo y belleza que le hizo destacar durante tantos siglos.
Tardamos bastante en dar toda la vuelta y en admirar la bella visión que teníamos a nuestros pies.
La Torre Minceta es quizá el más alto de toda la fortificación y desde donde mejor sepuede apreciar una panorámica completa de la ciudad con el mar de fondo.
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