Al salir del Tesoro anduvimos un poco más en dirección al altar mayor, hacia el ábside de su derecha (capilla de san Clemente), y por ahí está una mesa para pagar la entrada (3€) para ver la Pala d’Oro (Retablo Dorado). Pagamos y pasamos. La Pala d’Oro es el mayor tesoro de San Marcos, un retablo único (3,40 x 1,40 m), construido en 975 y reelaborado en 1105 en Constantinopla, ampliado en Venecia en 1209 y encuadrado por un marco gótico de 1342. Está formado por 250 paneles de plata dorada adornados con diminutas escenas de esmaltes y más de 2.000 piedras preciosas y perlas. En el recuadro inferior, en torno al Pantocrátor, en el centro, están los evangelistas, profetas, apóstoles y ángeles. Los pequeños compartimentos del contorno representan episodios de la vida de Cristo y san Marcos.
La idea de verla fue muy buena porque, aparte de poder contemplar esa estupenda obra de arte, nos permitió sacar más fotos de escaqueo de la puerta de la Sacristía, normalmente cerrada al público, con paneles de Sansovino; del baldaquino del altar mayor, sobre la urna de San Marcos (ésta también tuvo su foto), con columnas de alabastro decoradas con 90 escenas del Nuevo Testamento, originales bizantinos del VI o copias venecianas del XIII;
de la Cúpula de los Profetas (de Emmanuel) sobre el altar mayor y sobre nuestras cabezas, y de la cúpula del ábside central que tiene una figura del Pantocrátor (1506) reproducida de un original bizantino y en las bóvedas norte y sur mosaicos con la historia de san Marcos.
Salimos del presbiterio y nos dirigimos hacia la derecha al crucero norte. Lo primero que se ve en el ábside situado a la izquierda del altar mayor es la capilla de san Pedro, con un relieve de piedra en el altar (s. XIV) del santo adorado por dos procuradores (éstos más difíciles de ver). La capilla que viene a continuación hacia la izquierda acoge el icono de la Madonna de Nicopeia (s. X), que usaba como estandarte de guerra el ejército bizantino y es parte del botín de guerra del saqueo de Constantinopla.
El enorme mosaico (1542-1552) sobre la capilla de la Madonna de Nicopeia es un Árbol de Jesé, árbol genealógico de Jesús. También sobre nuestras cabezas, en el crucero norte, pudimos sacar fotos a los mosaicos de la Cúpula de San Juan Evangelista, o a los del suelo, que no hay que pasar por alto, porque son también dignos de ver y fotografiar.
En el extremo del crucero norte están las capillas de san Isidoro (abierta sólo al culto) y la capilla Mascoli, que recibe su nombre de una cofradía de hombres. La bóveda y paredes están decoradas con escenas de la vida de la Virgen. El retablo del altar contiene las estatuas de la Virgen y el Niño entre san Marcos y san Juan.
Dirigiéndonos unos pasos hacia la salida por la nave norte (derecha dando la espalda al altar mayor), nos encontramos con el Capitello del Crocefisso, una pintura tal vez proveniente de Constantinopla. La leyenda dice que sangró por una puñalada recibida.
Salimos y en el atrio o nártex (ojo, no al salir de todo de la basílica) nos dirigimos hacia la izquierda para subir al Museo por unas escaleras empinadas y de dos direcciones, pero bastante estrechas. Arriba se paga la entrada (4€), que vale realmente la pena, a lo mejor no tanto por lo que se expone dentro: la pala feriale de Paolo Veneziano (s. XIV), revestimiento de madera pintada con la historia de san Marcos que cubrió la Pala d’Oro los días de diario, así como fragmentos de mosaicos, manuscritos medievales iluminados y tapices antiguos o los cuatro caballos de bronce originales restaurados (los de fuera de la basílica son copias), romanos o helenísticos, del hipódromo de Constantinopla, la cuádriga más antigua que se conserva. Según la tradición popular, los ojos de los caballos eran enormes rubíes, pero al ser trasladados a París por Bonaparte (después fueron restituidos a San Marco), se los quitaron. Desde entonces, en las noches más oscuras, se empezaron a oír en Piazza San Marco el relincho y los cascos de los caballos que buscaban sus preciosos ojos. Al reemplazar las antorchas por la iluminación eléctrica, los caballos dejaron de moverse, y han permanecido inmóviles en su postura original de hace más de dos mil años.