En fin, esa era nuestro última noche en el Solstice. Disfrutamos de la cena pero con una cierta sensación de tristeza. Durante nuestra charla, inevitablemente estuvimos repasando nuestras vivencias en este crucero, repasando los aspectos que más nos habían gustado y los que nos gustaron menos, rememorando nuestras andanzas en los distintos puertos y comparando inevitablemente los diferentes aspectos con anteriores cruceros.
Nos despedimos de nuestros camareros, Omar y Canto, y de Rubén, nuestro somelier, y fuimos casi de los últimos en retirarnos del restaurante, ya que la charla se alargó. Nos sacamos unas fotos todos juntos, bajo la atenta mirada de nuestro “amigo” el ayudante de maitre polaco. Yo quería que las fotos nos las sacara este personaje, pero mi mujer me dijo que me cortara, que haber si iba a meter en problemas a nuestros camareros. Mientras tanto, Omar se partía de risa, literalmente. Les agradecimos mucho la atención que nos habían dispensado y las cenas tan agradables que nos habían hecho pasar. No sé si ya lo había comentado, pero en unas de las primeras noches, hablando con ellos, les hicimos saber lo que nos maravillaba el esfuerzo que dedicaban en su trabajo, el peso de esas enormes bandejas llenas de platos que acarrean de la cocina al comedor y viceversa, sirviéndonos todos los platos puntualmente, pendientes de que no nos falte agua o vino en las copas, o pan, o cualquier otra cosa. Preparando las mesas para el turno siguiente, o si no para el desayuno, durante los siete días de la semana, y todo siempre con una sonrisa dedicada a nosotros. La verdad que ya por entonces, cuando se lo comentamos, la cara que nos pusieron fue de perplejidad, seguida poco después por una de agradecimiento y satisfacción por reconocer su buen hacer. Nos comentaron que la gente generalmente era amable, pero era poco habitual que se reconociera su trabajo y menos el ser consciente de la dificultad y perfecta organización en cocinas para dar de comer y cenar a casi tres mil personas. Ya le comentamos que, desgraciadamente, hoy en día es muy poco habitual que se reconozca el trabajo de las personas, ya sea en la mar, en tierra o en el aire. Al menos pensamos que durante esos doce días les hicimos su trabajo un poco más agradable, ya que tuvieron algún problema con una de las mesas que nunca les gustaba nada de la carta ( me gustaría saber qué es lo que comen en su casa ).
Cuando salimos del restaurante ya se respiraba el desembarque en el aire. La tripulación preparando el barco frenéticamente, vaciando los jacuzzis, baldeando las cubiertas, sacando brillo a cristales.. Y el Solstice, vacío de pasajeros, parecía un barco fantasma. Supongo que estarían en la cama descansando para el largo viaje que esperaba a la mayoría. Esta vez no nos tomamos nuestra copita en el Sky Observation, ya que literalmente estaba desierto, no había nadie. Así que nuestros últimos momentos de la noche los pasamos paseando por las cubiertas y mentalizándonos que al día siguiente, desgraciadamente, nos “echaban” .
Nuestro último paseo por cubierta en el Solstice
De camino a nuestro camarote por "el barco fantasma"
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