Acabo de llegar de un crucero en el Crystal Symphony, de Buenos Aires a Valparaíso, y mi opinión es que ni el barco ni las escalas han merecido la pena en absoluto; por no hablar del precio (estratosférico), ó de la duración (sencillamente insufrible).
Después de más de veintisiete horas de avión entre ida y vuelta y de casi cuatro mil millas marinas de navegación, puedo decir que ha sido el crucero más insoportablemente aburrido que he hecho nunca (y llevo unos pocos). Apenas había actividades a bordo, salvo clases de baile, de bordado y de bricolage. Y, por supuesto, para los muchos hispanohablantes que íbamos, ni una sóla palabra en español. A eso hay que añadir que de los catorce días de mar, el ochenta por ciento de ellos navegamos entre deliciosas olas de más de cinco metros. Especialmente la noche transcurrida entre Las Malvinas y el Cabo de Hornos fué de ésas verdaderamente entretenidas. Toda una experiencia para no repetir ni por la salvación del alma.
El barco está simplemente bien, sin más. Dos restaurantes (japonés e italiano), dos bares, una cafetería, tres tiendas sólo de ropa y un Casino frío y desanimado. Con decir que lo más animado era la sala de Internet, se puede hacer uno la idea de lo que era la vida a bordo. Nada de ésos lujos de seis estrellas de que habla la propaganda de ésta Línea. Mi camarote, el 8011 de la cubierta Horizon, completo pero pequeño, y éso que lo llaman Deluxe Stateroom. El servicio de habitaciones, normalito. Las comidas bien, a secas.
Las escalas, de pena. Motevideo no tiene nada especial que ver. En la peninsula de Trelew sólo vimos unas cuantas docenas de pingüinos despeluchados; nada de lobos de mar y, menos aún, de ballenas.
La escala de las Islas Malvinas es, sencillamente, inexplicable. Parece que se hace por presiones del gobierno inglés para dar un poco de vida a aquéllas tierras. Nos dieron un paseo a pié de mas de tres horas para ver, presuntamente, pájaros únicos. Yo sólo recuerdo el frío helador que hacía y un bocadillo (por mi cuenta) que me supo a gloria después de la absurda caminata.
El Cabo de Hornos es un peñasco confundido con otros cuantos al que haces unas fotos desde el barco y yá está. Y éso que tuvimos suerte con el tiempo, porque lo normal es no poder ni acercarse.
Ushuaia no está mal. Por lo menos puedes bajarte del barco, lo que no dejaba de ser una bendición. Ni recuerdo la excursión que hicimos, aunque creo que fué un paseo en catamarán.
En Punta Arenas fué donde estuvimos más tiempo parados porque desde allí se iban a hacer las excursiones más interesantes. Una de ellas a la Antártida en avión, ida y vuelta, al módico precio de 2.000 dólares, y otra a las Torres del Paine, de sólo 800 dólares. Bueno, pues ninguna de las dos se pudo hacer por inclemencias del tiempo. Y no se imaginan lo excitante que es tirarse doce horas en Punta Arenas. Como compensación nos llevaron, como no, a ver más pingüinos. Enternecedor.
La navegación por los fiordos chilenos, que tampoco son para tirar cohetes, nos pareció la octava maravilla del mundo, tal era el aburrimiento. Y duró tres interminables dias. Pero al menos, el barco no se movió.
Por fin, llegamos a Puerto Montt, donde nos llevaron a dar una vuelta, en catamarán para variar, por un lago con un volcán al fondo.
La llegada a Valparaíso fué de ésos momentos emocionantes en los que llevas pensando casi desde la maldita hora en que se te ocurrió embarcarte.
Después, las casi trece horas de avión desde Santiago a Madrid, de las que para no perder la costumbre nos pasamos botando doce, nos parecieron cosa de nada.
En fin, juro que no he exagerado ni una palabra. No hagan éste crucero ni ninguno de ésta Compañía, salvo que quieran hacer penitencia para ganar el cielo.
E.P.B.