Sábado 12 de Enero de 2008. 43 días antes del asesinato.
Estaba medio adormilado en el viejo butacón. El periódico que estaba hojeando se había soltado de mis manos y descansaba sobre mis piernas, un par de hojas se habían separado del resto y se habían deslizado hasta el suelo en lo que parecía un inútil intento de huida. Me despertó un susurro, un roce de papel en el suelo, pero no procedía de las hojas del periódico, había sonado a mi izquierda. Giré la cabeza en dirección a la puerta del despacho. La penumbra de esa zona contrastaba con el circulo de luz que una vieja lámpara proyectaba sobre el butacón, pero distinguí un rectángulo blanco en el suelo, junto la puerta.
Me levanté y el resto del periódico siguió el camino de las hojas fugitivas. Si quería seguir leyendo tendría que ordenarlas de nuevo, pero ahora mi atención estaba centrada en el rectángulo de papel al pie de la puerta. Se trataba de un sobre, lo recogí y abrí la puerta. El descansillo estaba desierto, el ascensor parado y la escalera silenciosa. Como no creo en fantasmas y no hacía ni diez segundos que el susurro me había despertado, supuse que la persona que había deslizado el sobre bajo la puerta estaba descendiendo por la escalera con un calzado de goma que no provocaba ruido alguno. Me he arrepentido miles de veces por no bajar corriendo en pos del mensajero, pero en ese momento mi interés se centró en el sobre.
Se trataba de un abultado sobre corriente, sin membrete y con un corto texto manuscrito en una exquisita caligrafía: “A la atención de jotaeme”. Hacía tiempo que había desaparecido el abrecartas de la mesa del despacho, de hecho hacía años que había desaparecido todo excepto la mesa, las sillas, el butacón, la lámpara y un par de cuadros horribles, así que rompí el sobre y deposité su contenido sobre la mesa.
Ante mi asombrada mirada descansaban una hoja escrita con idéntica letra a la del sobre, una hoja de una agencia de viajes y un montón de dinero. Lo primero que hice fue contar los billetes: 30 de 100 dólares y 12 de 500 euros. ¿Quién me daba tanto dinero y porqué? Sabía que la explicación estaba en la hoja manuscrita pero antes cogí la de la agencia de viajes.
Se trataba de un documento que serviría para canjear en el mostrador de Pullmantur del aeropuerto de Barcelona un par de billetes para volar, pasando por Madrid, hasta Isla Margarita en Venezuela, embarcando luego en el Holiday Dream para realizar el crucero “Antillas y Granadinas” con posterior estancia de una semana en el Hotel Hesperia Playa el Agua de Isla Margarita. La ida sería el lunes 11 de Febrero de 2008 y la llegada de vuelta a Barcelona el martes 26 de Febrero.
Quedé hipnotizado por el texto de la hoja de la agencia y por los billetes esparramados en la mesa. Los pasajes a recoger estaban a mi nombre y al de mi mujer. ¿Quién nos invitaba a pasar quince días de vacaciones en el Caribe, crucero incluido? ¿Quién nos regalaba 6000 euros y 3000 dólares? Y ¿porqué?
Ya no podía demorar más el momento, sentía la necesidad de aclarar el embrollo, cogí la ultima hoja y me dispuse a leer su contenido. Se trataba de un mensaje anónimo y que se saltaba todos los prolegómenos:
“En febrero me matarán. No sé si durante el crucero o en el hotel. A pesar de tener mis sospechas, a ciencia cierta no sé ni quien ni porque. Pero sé que me matarán. A no ser que usted pueda evitarlo. El control que sobre mi ejercen es extraordinario, haciendo lo que he hecho hasta el momento ya he corrido un gran riesgo. No puedo, por ahora, identificarme, ni facilitarle más información. La recibirá tan pronto como me sea posible. Creo que el dinero cubrirá sus gastos y los honorarios por quince días de trabajo, en este momento no puedo disponer de más. Lamento no haberles conseguido un vuelo y un camarote más confortable, pero no quedaba otra cosa. Si todo sale bien será recompensado con una generosa cantidad. Dejo mi vida en sus manos.”
Leí tres veces el escrito sin parpadear, cuando fui consciente de que mantenía la boca abierta la cerré. No se me ocurrió otra cosa que abalanzarme sobre la ventana y abrirla para asomarme al exterior. Una bocanada de aire helado penetró en la habitación que hasta ese momento había permanecido cálida gracias a la calefacción central del viejo edificio. El gesto era inútil, la mujer había tenido tiempo suficiente de desaparecer calle arriba o calle abajo. Los pocos peatones que, a paso rápido, recorrían la acera ajenos a mi preocupación, de buen seguro no tenían nada que ver con el sobre. Y aunque lo tuvieran, aunque en ese momento estuviera viendo a mi mensajera ¿cómo sabia yo de quien se trataba? Podía ser cualquiera y no tenía manera de determinarlo. Cerré la ventana y me senté en la silla que había frente al escritorio.
La neurona que utilizo para pensar entró en frenética actividad y con su movimiento despertó a las neuronas adyacentes, que a su vez iniciaron el ciclo, poco a poco en una especie de marea radial todo mi cerebro se puso en marcha. Parecía estar volviendo a mis mejores tiempos.
Lo primero que pensé fue que se trataba de una broma, pero ¿quién iba a gastarme una broma de ese tipo? Aunque el escrito de la agencia de viajes fuera falso, el dinero parecía bueno. Encendí la pequeña lámpara que había sobre la mesa y miré los billetes contra la luz. Si eran falsos estaban muy bien falsificados.
¿Quién había deslizado el sobre bajo la puerta? ¿Se trataba de una mujer? ¿Porqué? Había presupuesto que alguien amenazado de muerte, que acudía de una forma tan extraña y misteriosa, en busca de ayuda forzosamente tenía que ser mujer, pero podía perfectamente tratarse de un hombre. Descarté que fuera joven porque difícilmente dispondría de la cantidad de dinero que estaba sobre la mesa y, si la tuviera, difícilmente la gastaría de esa manera. Una persona mayor no actuaría de forma tan tímida. En definitiva alguien de mediana edad y ¿por qué no? de sexo femenino.
Que hubiera acudido a mi no era tan descabellado. Veinte años atrás habíamos establecido en ese despacho una agencia de investigación. Marga, mi socia y esposa, la había bautizado como “JOTAEME”, porque siempre me llamaba así por las iniciales de mi nombre: José María. Al principio nos fue bien. Vivíamos básicamente de casos de divorcio. Buscábamos maridos adúlteros aunque de vez en cuando teníamos algún cliente varón pero la mayoría eran mujeres que buscaban pruebas de infidelidad matrimonial para iniciar un proceso de separación. El resto eran búsquedas de desaparecidos, voluntariamente o no y de espionaje industrial. También tuvimos algún caso interesante pero eso es otra historia y habrá que contarla en otro lugar.
Lo malo del trabajo era que, a pesar de dedicarnos los dos a lo mismo, nos quitaba toda posibilidad de vida conjunta, no teníamos horarios y nos movíamos por toda la geografía, lamentablemente de forma separada. Un trabajo estable en una correduría de seguros nos hizo abandonar el excitante mundo de la investigación. Traspasamos el negocio y alquilamos el despacho a unos aprendices de detective que duraron unos años, luego descubrimos que la ubicación del edificio no facilitaba el alquiler, mucho menos la venta, de un espacio en un tercer piso y llevaba unos años vacío. Quizás por nostalgia un par de sábados al mes me acercaba al despacho, le quitaba el polvo a la mesa y a las sillas, con la ventana abierta para que se ventilara en verano y me sentaba a leer el periódico hasta la hora de la comida.
A pesar de que cuando dejamos el negocio retiramos la placa identificativa que había en la fachada, en la puerta quedó el nombre grabado y en el barrio se conocía ese despacho como el de los detectives jotaeme. Eso facilitó que alguien supusiera que la agencia seguía funcionando, alguien que sabía nuestros nombres completos y que conocía los números de nuestros documentos de identificación. Ya estaba bien de recordar había que volver al presente.
Así pues ¿qué tenía? Una serie de billetes que no me decían nada. Una nota anónima que me hablaba de una, pongamos, mujer que o estaba enferma y sentía amenazas infundadas o estaba verdaderamente amenazada sin saber exactamente de que. Pero esa nota no me decía quien era esa mujer ni donde encontrarla. Por ultimo un documento de una agencia de viajes que en realidad era la única pista que tenía algo de valor. Examine de nuevo la hoja. La agencia tenía nombre, dirección y teléfono. Cogí el móvil y marque el número de la agencia. En seguida saltó un contestador que me informó del horario de atención al público. Mientras escuchaba el mensaje miré el reloj: las dos y cinco. Tarde para contactar con la agencia y el tiempo justo para regresar a casa sin tener que responder, de momento, a ninguna pregunta.
De camino a casa me dio por pensar en las extrañas casualidades de la vida: hacia casi tres años que habíamos celebrado las bodas de plata embarcándonos en un crucero. Se trataba del “Sueños del Caribe” de Pullmantur y el barco era el Holiday Dream.