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Topic-icon A La Habana en el MSC Opera

2 años 3 meses antes #1916647 por Chespir

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  • Oigan ustedes: Dicen que la cabra tira al monte y el crucerista tira a la mar océano. Y, digo yo, debe ser un alineamiento planetario porque, cuando hace unas semanas envié mi último post contándoles las aventuras de un servidor de ustedes y señora, navegando cuan Odiseo por el Egeo, no tenía ni presupuesto ni tiempo ni situación personal para ni siquiera poder plantearme un crucero nuevo. Pero el hombre propone y Dios dispone. Hoy martes, estaba yo en mi casita preparándome para dar comienzo a un nuevo día cuando de repente, ¡piticlín, piticlín! El teléfono que suena.
    —¡Dígame! —respondo—.
    —Señor don Chéspir, que soy Patricia, su agente de viajes. Solamente llamo para decirle que tenemos una oferta especial para clientes en viaje crucero al Caribe, siete días, ocho noches (como el título de mi novela). Cuba, Gran Caimán, Jamaica y Cozumel…
    No la dejo terminar.
    —No siga usté, señorita. Lamentablemente en estos momentos no podemos vacacionear. Gracias y buen día tenga usté.
    Cuelgo el teléfono y, justo en ese momento, vuelve a sonar: ¡Piticlín, piticlín!
    Pienso que es la señorita Patricia, mi agente de viajes, que vuelve a la carga para intentar colarme el crucerito. Pero no. En esta ocasión se trata de Nacho, mi editor librero. Me saluda especialmente contento.
    —Señor Chéspir. Que tengo buenas noticias. Estamos viendo su liquidación correspondiente a las ventas de sus dos últimas novelas y… Bueno, el importe que tienes que cobrar, una vez pagado impuestos, IVA y diezmo eclesiástico para la Santa Madre Iglesia es de…
    Me dice una cifra que no puedo creer. ¡Coño! Si al final le voy a sacar yo réditos al tema literario.
    —Oye, Nachete, no me toques las narices que vengo de patinar. ¿Estás de coña?
    —Que no, tío. Que has vendío más de lo que tú pensabas. Ya mismo te hago la transferencia al banco.
    Pues na, que dicho l lo anterior, vuelvo a agarrar el teléfono y, ¡zacatá! A llamar a la señorita Patricia, mi agente de viajes.
    —¿Dígame?
    —Señorita Patricia, que soy el Chéspir. Que me ha convencío. Dos billetes ya mismico. ¿Dónde dijo que era el crucero?
    —Sale el próximo sábado. Embarque en el MSC Opera. Primero serán tres días en la Habana, luego Jamaica, Gran Caiman, Cozumel y vuelta a la islita. Camarote exterior y bebidas aparte…
    Pues eso, señores míos. Queridos y queridas cruceristas y cruceristos. Que dentro de tres días, doña Chespira y yo iniciaremos un nuevo periplo cruceril y, ahora, disculpen que no escriba más pero tengo que hacer las maletas. Que pasen ustedes unas felices fiestas. Después de Navidad tendrán ustedes la correspondiente crónica del viaje. Le daré recuerdos a Fidel de parte suya.

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    2 años 3 meses antes #1916785 por Chespir

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  • La llegada.
    Está bien esto de los cruceros. Si señó. Este ha sido el cuarto que doña Chespira y un servidor de ustedes hemos realizado por la mar marítima y, hasta doña Chespira que inicialmente no estaba demasiado convencida de este sistema de vacaciones, ha quedado encantada y con ganas de repetir. Parte de la culpa la tiene el tiempo que hemos tenido, los lugares visitados y, sobre todo, la atención del personal del MSC Opera que ha estado a la altura de la situación. Y dicho esto, aquí se inicia la historia. Del viaje en avión, salimos el sábado 16 d diciembre a las tres de la tarde para llegar a la Habana a las siete y media hora local, poco que contar. Ya saben ustedes: Clase turista, el yetlaj ese que es una manera cursi de decir que llegas con las piernas torcidas después de diez horas de avión y que es fácilmente evitable pagando un suplemento para acceder a eso que llaman clase bisnes que viene a ser como la primera en el muy ferroviario AVE. Después visados, fotos, colas en pasaportes, autobús, colas en pasaportes, visados y más fotos. No termino yo teniendo muy claro para que querrá Raúl Castro tanta foto. Supongo que será pa colgarlas en su muro de FB y presumir de tener muchos amigos en la red. Pues eso, que ya estamos en el barco. A primera vista ya nos damos cuenta de que es muchiiismo más pequeño que el MSC Splendida que fue en el último barco que viajamos. El camarote, bien de tamaño, ventana grande con cortinilla corrida y vistas al mar, intento abrirla pa que entre el aire pero no es posible. Mira, eso lo había olvidao del crucero anterior. Tampoco hay persiana de aluminio y ni siquiera un estore veneciano y es que, por mucho que lo intenten, todo es susceptible de mejora. La maleta todavía no ha llegado y, después de una duchita, el baño bien pero de amenities más bien escaso, nos damos un duchazo y salimos a contratar la wifi. Seleccionamos un paquete intermedio a un coste de 35 € los 800 y aquí me pilláis porque no sé si son bites, megabites, kilobites, terabites o cualquier otra clase de bites que no conozco. Desde luego eran 35 E€, eran 800 y eran bites. El señor bitero que nos gestionó la wifi, allí le dicen uai fai, nos dijo que con eso podíamos navegar por la red, para navegar por el mar se usa el barco y que también podríamos mandar guasaps con fotos a los parientes. También le pedimos al bitero que apuntase nuestra tarjeta de crédito para poder pagar daiquiris y cervecitas. El bitero sabía de todo y nos arregló el tema en un pis pas. La conexión wifi, o uai fai, funcionó de forma regular, a ratos sí y a ratos no pero cumplió su misión. Al final nos sobraron hasta 100 bites de esos y la tarjeta funcionó perfectamente y al final nos faltaron euros para abonar los gastos pero eso ya lo gestionaré mañana con el director de mi banco. ¿Alguien sabe a cómo van los intereses para un préstamo hasta final de año? ¡Ojo! Hablo final de año 2018. Pero vuelvo al tema. Después de la burocracia llegó el tiempo de la cena. Durante la estancia en Cuba, no tendríamos asignado turno de cena. Con ojeras grandes como bolsas de supermercado, por cosas de la redondez de la tierra para nosotros todavía eran las cuatro de la mañana, fuimos al restaurante Carabelle. No me acuerdo de lo que cenamos. Quizás pidiese un chocolate con churros o algo similar. La cosa a destacar fue que doña Chespira dijo dos palabras que se iban a repetir a lo largo de los siete días en el barco: “Tengo frío”.
    —Eso es por el cambio de horario —le dije con seguridad—. Es que acabamos de llegar y todavía no tenemos los biorritmos ajustados.
    Con esa argumentación bastó para terminar la cena entre bocado y bocado, entre bostezo y bostezo. Del resto no me acuerdo de nada y juro que no bebí más que una cervecita. Entre sueños, de camino al camarote 8130, me pareció ver por alguno de los pasillos a un pingüino que nos saludaba mientras anadeaba graciosamente. Cosas del sueño que, a veces, nos hace ver alucinaciones.

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    2 años 3 meses antes #1916797 por Chespir

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  • Día 1. La Habana.
    Si usté, querido lector, piensa ir a Cuba y algún cubano se entera, lo más probable es que le diga que le lleve un paquete a la familia. Hágalo y, de paso, si quiere y tiene ganas, lleve también cualquier cosa que se le ocurra. Desde medicamentos de todo tipo hasta ropa, aditamentos de higiene personal, teléfonos móviles usados, chicles, caramelos, una radio baliza o un termostato roto de algún viejo calefactor. Si usted no sabe para qué lo utilizarán, seguro que ellos si lo saben. Miren, que no voy a entrar en política pero en Cuba hace falta de todo. Solamente hay cuatro cosas en abundancia. A saber: Ron, azúcar, puros habanos y eslóganes publicitarios pro revolución que se pueden leer en grandes cartelones repartidos por toda la ciudad. “Fidel, queremos un hijo tuyo”, “El Ché, algo más que una horchata de chufa” , viva el comandante Cienfuegos (noventa y nueve en canarias), “Trump vente pacá si tiés güevos” o “La revolución con letras dura más que la revolución con piedras”. Bueeeeno, lo reconozco, este último es el único del que me acuerdo. Quizás los otros no sean tan exactos pero, poco más o menos, por ahí iban las cosas. Pero, disculpen ustedes porque me he salido del hilo del relato. Para bajar del barco, fotos, pasaporte, más fotos y revisión del contenido del paquete que llevábamos para nuestra familia adoptada. El policía que se mosquea cuando ve tanta pastilla y tanta botella de gel con olor a lavanda. Mira los chicles, los remira y pregunta que para qué es todo eso. Mi señora pone cara de rotweiller con los ovarios inflamaos y le dice al tipo:
    —Mira, son regalos para nuestros amigos cubanos pero si hay algún problema me lo dices que me llevo todo de vuelta para el barco.
    El poli que se apoquina porque las señoras con dientes de rotweiller acojonan un poco y nos da el pase sin más problemas. Salimos de la terminal y, lo primero es cambiar a CUC que es la moneda turística cubana. Un CUC es igual a un dólar y el cambio lo puedes hacer en la propia terminal nada más salir del barco. Cambiamos 100 € y nos dan 114 CUC. No queremos que nos sobre moneda cubana porque fuera del país estos billetes tienen el mismo valor que billetes del Monopoly. Por cierto, no contratamos ninguna excursión porque el puerto de cruceros está en el mismo centro de la Habana vieja y estando allí preferíamos caminar y contactar con la gente que, dicho sea de paso, son encantadores. Ya en la ciudad, recorremos las calles, entramos en la catedral, compro y como media docena de churros idénticos a los de nuestra metrópoli europea y a eso de las doce, con todo el centro recorrido, decidimos tomar un autobús de esos que no tienen techo que en un recorrido de dos horas, 10 CUC por pasajero, nos pasea por toda la urbe haciendo algunas paradas para recoger más pasajeros o para hacer un pis a mitad del recorrido. Si quitásemos los preciosos coches americanos de los años 55 del siglo pasado, perfectamente arreglados para pasear turistas, la ciudad debe ser similar a Guernika veinte minutos después de que la Luftwaffe terminara de bombardearla. Coches con cristales rotos o sin ellos, casas con cristales rotos o sin ellos y paredes huérfanas de casa y casas huérfanas de paredes. A eso de las dos el paseo que termina y decidimos emular a don Ernesto Hemingway y soplarnos un par de daiquiris en el Floridita. Un grupo de músicos negros como sobacos de grillo y con un ritmo salsero que te hace mover los pies, acompañan la bebida. 6 CUC por cada una. No me parece caro porque la bebida está buena, la cantidad es adecuada y, además, la tradición hay que pagarla. Si digo que es barata, hablo siempre considerando nuestro poder adquisitivo. El papá de nuestra familia adoptiva, ingeniero químico de profesión, nos dijo que cobraba 25 € al mes. No, no me equivoco: 25 €. O sea que dos daiquiris son el equivalente a medio mes de trabajo de un titulado superior cubano pero eso no lo leí en ningún eslogan. ¡Cagüen! Vuelvo a caer en política. Sepan ustedes disculparme. Para compensar, anoten una dirección: Habana 61 en pleno centro de la Habana vieja. Se trata de un restaurante excelente. Se puede pagar en euros, allí no vimos ningún sitio en el que se admitieran tarjetas de crédito, el cambio que te hacen es el correcto y la langosta que te sirven es mortal. La recomiendo al estilo cubano con salsa picantita acompañada de arroz a la cubana, decimos nosotros y arroz tal cual que dicen ellos. Los daiquiris, mejores todavía que los del Floridita a 1.5 cuc la copa y la cerveza Bucanero al mismo precio. Para no cansar. Varios daiquiris, alguna cervecita, cafeses y dos langostas tamaño XXL no llegaron a los 40 CUC. Limpio, bien servido y, repito, perfectamente recomendable. Después, paseíto hacia el barco, ¿Es necesario decir que nos volvieron a retratar cuando entramos? Siestita, ducha y nuevo paseo nocturno por la ciudad. En esta ocasión el lugar donde cenamos, mucho más barato, unos 12 CUC per cápita, pero con mucha menos calidad que el de por la tarde. Además no admitían euros. No pongo el nombre por dos razones: la primera es que no me acuerdo y la segunda es que tampoco merece la pena recomendarlo. A eso de medianoche, con las calles llenas de grupos salseros ejerciendo su arte, volvimos al Opera. En el barco subimos a la cubierta 11 y vimos el espectáculo del equipo de animación. Mucho ritmo, mucha salsa y mucho salero pero, en mi corazón había un hueco reservado para la langosta del Habana 61. Al día siguiente, lunes, el barco saldría a las 11 de la mañana pero eso ya es parte de la próxima crónica.
    PS: Doña Chespira me ha dicho que el restaurante de por la noche se llamaba “Los nardos”. Nombre muy zarzuelero, mira tú.

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    1 año 11 meses antes #1918281 por Carina_

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  • Espectacular tus relatos.... has contado más sobre el viaje ? Sobre los otros lugares que visitaron? Dónde los encuentro?
    Gracias

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    1 año 11 meses antes #1918283 por rouse

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  • Por favor, sigue con el relato, estoy muy interesada en hacer un crucero por Cuba.
    Muchas gracias y espero poder disfrutar de tu resto de crucero.
    Un saludo, rouse


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    1 año 11 meses antes #1918290 por Chespir

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  • Hola a todos:
    Rouse, Carina: hace unos meses, después de enviar el último capítulo y, ante la ausencia de comentarios y/o agradecimientos, pensé que mi historia no le debía interesar a nadie. Escribir “pa na”, es tontería, que diría el otro, y por eso dejé de enviar el relato. Ahora compruebo que, por lo menos a vosotras, os interesa la cosa y no me gusta dejar a los lectores a medias así que, en los próximos días seguiré enviando esta crónica. Gracias por leerla.

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    1 año 11 meses antes #1918326 por Carina_

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  • Hola Cespir, yo lo leí hace unos días pues en unos meses pienso hacer ese mismo crucero y quería saber opiniones de los que ya lo vivieron!!
    Cuando sigas relatando estaré atenta!
    Muchas gracias

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    1 año 11 meses antes #1918332 por Chespir

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  • Llegamos al Opera a la una de la mañana y la subida a la cubierta 12 donde los chicos de animación realizaban su espectáculo nocturno era obligada. Después de mucho pasear finalmente encontramos una mesa situada a unos veinte minutos luz del escenario. El inconveniente era que los chicos se veían del tamaño de un recién nacido visto desde la ventana del Skylab. La ventaja es que doña Chespira y yo podíamos charlar sin el atronador zumbazumbatacataca y meneíto de la música. Yo, pa estas cosas soy un clásico y siempre prefiero el rumor de las olas rompiendo contra el buque acompañado del ¡ñiac ñiac! De las gaviotas y del resoplar de las ballenas en la lejanía. Pero todavía estábamos en puerto o sea que nada de olas, ni de ballenas, ni de las putas gaviotas. Por cierto, como el barco seguía aparcado, amarrado, fondeado, anclado, amurado en el muelle (y táchese lo que no proceda), los pasajeros éramos libres de cenar ande mejor nos conviniese sin sujetarnos a los horarios de cena marcados en nuestras tarjetas de embarque. Durante la estancia en la Habana tampoco se programó ningún espectáculo en el teatro. Desde luego, el ambiente musical que, a todas horas, está presente en la ciudad, no necesita de añadidos. No es necesario decir que el tiempo era excelente y perfectamente apropiado para empezar a darle gusto a la tarjeta de crédito. Cervecita para doña Chespira y daiquiri para un servidor de ustedes. Diez euracos de vellón porque, creo que no lo había dicho, ni mi señora ni yo teníamos el all included de rigor. Lo siento por la compañía pero el daiquiri que nos tomamos durante nuestro paseo por la ciudad era muchísimo mejor además de que el vaso también era más grande. Para compensarlo, supongo, el del barco era mucho más caro. Podríamos haber vuelto a la calle pero, la verdad, ya me habían retratado lo suficiente en ese día y lo que más me apetecía era dormir. Cuando, a costa de mis pulmones, conseguí aspirar los últimos trozos de hielo de la bebida, decidimos que era hora de irse a dormir. Paseíto por el buque, “que no, que no es por aquí, que nuestra cabina está pal otro lado, vueltas, subir escaleras y doña Chespira que vuelve a repetir: “Tengo frío”... Que el aire acondicionado del barco estaba demasiado alto lo confirmó el hecho de que toda la gente con la que nos íbamos cruzando, llevaban los brazos cruzados sobre el pecho, tiritando y con moquera por la nariz. Los pasajeros veteranos se conocían de inmediato porque las señoras vestían toquilla sobre los hombros y calcetines de lana por debajo de las sandalias. Los caballeros con guantes de piel con borreguito por dentro y gorros tipo ruso con las orejeras bajadas. La habitación, perfectamente hecha pero también con el aire acondicionado a toda leche. Por supuesto que me puse a trastear con el mando del aire acondicionado hasta que lobré subir la temperatura a 28 grados centígrados. Sobre la mesa, dos botellas de agua que, supusimos, y muy mal suposicionado, , eran gentileza de la casa, del barco en nuestro caso. 4 € cada una de las dos que abrimos. Como la primera era con gas y el gas está bien para la cerveza pero no para el agua, el día que desembarcamos allá que la dejamos, enterita, con solo un buchito de agua bebida. Al día siguiente no había que madrugar y no fue necesario dar instrucciones a Siri para que nos despertase a ninguna hora. Tomaríamos el desayuno en alguno de los restaurantes. Pero el hombre propone y la redondez de la tierra dispone. Ya les dije que cuando en Cuba son las 6 de la mañana, en España es la hora del Ángelus y, doña Chespira y yo, acostumbrados al horario GMT + 1 que tenemos aquí, a eso de las cinco de la madrugada, a pesar de solamente haber dormido cuatro horas, estábamos ojipláticos perdidos con los ojos más abiertos que las puertas de una iglesia el día de Jueves Santo. El diario de a bordo anunciaba buen tiempo, fuera del barco y comienzo de la segunda glaciación en los pasillos. El despegue, desatraque, suelta de amarras, partida (táchese lo que no proceda) Estaba programada para las once del mediodía y, a eso de las 12, se llevaría a cabo un simulacro de salvamento. No voy a aburrirles con los detalles de esa mañana, ni con el desayuno que tomamos ni con el pingüinito que se hizo amigo de doña chespira y que se marchó tan contento con la toquillita de lana que le regalamos. A las doce menos cuarto, entramos en el camarote y buscamos en el altillo del armario los chalecos salvavidas para tenerlos listos en el momento del presunto naufragio. La teoría contaba que había que llevarlos en la mano hasta la cubierta 8 que era el punto de encuentro que teníamos asignado. Pero, puesto que todavía teníamos quince minutos de espera, me dediqué a enredar con el chaleco. Lo primero que hice fue lo que hace todo el mundo. Tocar el pito para ver si funcionaba. Mi ejemplo debió de ser imitado por el resto de los pasajeros que ocupaban cabinas cercanas porque todo un concierto de silbatos en Pi mayor comenzó a escucharse por los pasillos. Pero pasemos al chaleco propiamente dicho. Las instrucciones para ponérselo son similares a las de montaje de un aparador del Ikea: “Despegue el velcro, sujétese la cinta número 1 por la anilla C destinada a tal fin. Con la mano izquierda tire de la argolla posterior y meta el brazo derecho por el agujero situado entre ambas corcheras. Tire con los dientes del pivote c5 mientras que con el pie evite que el velcro se adhiera a la moqueta del camarote. Pulse el interruptor posterior vigilando que el cable de contención derecho no asome más de 23 mm por el mosquetón superior. Importante: No toque este mosquetón. Meta la pierna derecha por el espacio situado entre el velcro y el mosquetón y la izquierda por el espacio que ha quedado libre entre la sección A de la tira de licra verde y el…”A estas alturas de la lectura, queridos lectores, yo estaba con los pies sobre la cama, la cabeza en el suelo y atado como una morcilla patatera. Fue en ese preciso momento cuando la alarma, pitidos largos seguidos de cortos, comenzó a sonar. Con ayuda de doña Chespira logré ponerme de pie y, a saltitos, bajar las escaleras y llegar hasta el lugar donde debía estar nuestro punto de encuentro. Una miembro de la tripulación, con ayuda de una cizalla y de una sierra radial, me ayudó a desembarazarme de mis ataduras y decidió cambiarme el salvavidas oficial por un flotador redondo con patito. No tenía silbato pero al apretar el pico del bicho sonaba un gracioso “cuac cuac” mucho más salao que el aburridísimo ¡PIIII! Tradicional. Fotos, más fotos, vuelta al camarote pero antes, todavía nos da tiempo a despedirnos de la isla que se pierde en la lejanía.

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    1 año 10 meses antes #1918351 por Chespir

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  • Con viento de poniente y mar en calma, el MSC Opera navega en dirección a Jamaica. En los pasillos interiores, varias familias de pingüinos, media docena de focas y tres osos polares se manifiestan pidiendo que apaguen el aire acondicionado. Durante la tarde hemos tenido siestita y bañito en la piscina y después paseo con cervecita y bailongo cha-cha-cha que nos ayudó a entrar en calor. Acudimos al primer espectáculo del viaje. Poco que comentar. Nada que ver con el que nos ofrecieron, años atrás en el MSC Splendida. Entretenido y basta. Malabaristas, contorsionistas, artistas, bailistas y musiquistas que, durante cuarenta y cinco minutos nos hacen pasar un rato agradable. Son las nueve de la noche, hora en la que tenemos nuestro turno de cena y llegamos al restaurante situado en la cubierta 5 y, ni una, no hemos dado ni una. De entrada nuestro turno de cena era el de las siete de la tarde a pesar de que, en la correspondencia que recibimos previa a nuestra partida, figuraba lo contrario y, en esta ocasión, la culpa ni siquiera es de la redondez de la tierra. Pero es que el restaurante que nos corresponde tampoco es ese. Hay otro una planta más arriba y allá que nos dirigimos para ser llevados por un simpático camarero hasta nuestra mesa. Estaremos acompañados durante las cenas por una encantadora pareja de sevillanos, Alicia y Rafael, cuyas edades podríamos calificarlas de indecentes. Pa que ustedes se hagan una idea, sumadas las de ambos, no se acercaban a la mía en solitario. Tenía que estar prohibido que hubiera gente tan joven. Lo del frío pase pero ganas me dan de pedir una hoja de reclamaciones por la afrenta. La cena, bien, variada pero las raciones algo pequeñas pero esto no es un problema porque tenemos la posibilidad de repetir. La conversación es agradable amenizada por el anecdotario variopinto de mis aventuras en la mili que doña Chespira se encarga de interrumpir cada dos por tres dándome patadas por debajo de la mesa al principio, codazos mal disimulados en el hipogastrio, después, y diciéndome, finalmente, que dejase de dar la coña a los chicos. Cuando finalizamos los postres, propongo ir a tomar café para poder seguir con mi relato. Alicia declinó la propuesta alegando que sufría un fuerte mareo y eso que el barco no se movía en absoluto. Es que, los jóvenes de hoy ya no son como los de antes. Al salir nos disponemos a conocer esa cubierta que todavía no habíamos visitado y la cara de mi señora tornó en felicidad cuando comprobó que estaba repleta tienditas en su modalidad “Llévese dos y pague tres”. Zapatos, bisuterías a precio de máscara de Tutankamon, perfumerías y similares. A poco perspicaz que seas, querido lector, ya te habrás dado cuenta de que esas cosas no me van demasiado. Mientras yo me siento en uno de los bares para tomar mojito y café, ella se dedica a husmear en las tiendas citadas. Vuelvo a ver a nuestro amigo el pingüino que, como todos, sigue pasando frío. Yo pregunto si hay posibilidad de que me pongan debajo de la mesa un braserito como el que tenía mi abuela pero el riesgo de incendio en el barco, desaconseja su utilización. Doña Chespira regresa con las manos vacías pero con la cabeza llena de proyectos tiendísticos. Decidimos subir a las cubiertas exteriores para tratar de recuperar nuestra homeostasis térmica. De paso valoraremos las posibilidades turísticas que ofrecerá la isla de Jamaica cuando lleguemos en la mañana del miércoles. Del día siguiente, poco que contar, relajo total con piscina, comidas, daiquiris, clases de chachachá impartidas por el grupo de animación y pisoteos varios a impartidos por mí al resto de compañeros aprendices de bailoteo. Por la noche, cena de gala con el capitán y concurso de bailes de salón al que doña Chespira no me permite presentarme. A eso de las 8 de la mañana llegaremos a Montego Bay en Jamaica. Hemos leído en Internet que a unos veinte minutos de taxi hay una preciosa playa que tiene nombre de Doctor Nosecuantos. Es una playa de pago a 6 dólares la capita. Otra opción es la excursión a Ocho ríos a 60 € la capita pero las opiniones sobre esta excursión no son demasiado favorables y nos decantamos por la playita. Al llegar al camarote, una nota nos dice que la compañía ha puesto a disposición de los pasajeros, la posibilidad de un bus lanzadera qu , a un precio intermedio entre las dos opciones anteriores, nos ofrece la posibilidad de llevarnos hasta un shopping center situado a 40 minutos de distancia con parada intermedia en la mencionada playita. La verdad es que no nos apetece demasiado empezar a discutir con taxistas jamaicanos el coste del traslado y optamos por el bus-lanzadera. A las nueve de la mañana del miércoles desembarcamos sin necesidad de trámites aduaneros, ni inspecciones de bolsas ni gaitas similares. Bañadores, mochila, cámara de fotos, teléfonos móviles en modo avión por la cosa del roaming, pasaportes y dólares americanos. Primero a lo del shopping center que es una especie del Rozas Village para los que vivimos en Madrid solo que hablando inglés. Tienditas de esas que empiezan a pedirte 1400 € por un anillo de diamantes para bajarlo a 450 en cuanto les dices que no, que very much thank you, sir. No fue la única oferta. Anillo y pendientes de topacios primero a 460 € y luego a 70. No compramos nada. Si ya, de entrada, te quieren engañar, ¿qué garantías tenemos de que no te engañen también al final? Diez minutos de espera del bus-lanzadera y media hora después llegamos a la playa del doctor Nosecuantos. Pagamos la entrada, buscamos un sitio a la sombra de una palmera vigilando que no haya cocos por encima de nuestras cabezas y nos dirigimos a la mar océano. Miren ustedes, acostumbrados como estamos a las playitas de arena fina, mar salada y señoritas en top less que vemos cada año cuando vamos a Fuerteventura, la playa esa, por mucho Caribe que tenga resulta bastante mediocre. La temperatura del agua buena, muy buena, de olas, ni vestigios y una falta de libertad absoluta. Si te pones a pasear, no habrás recorrido 200 metros cuando un aborigen te dice que stop que de ahí no se puede pasar porque es playa privada de un hotel. Eso si caminas en horizontal. Si lo nadas en vertical, antes de que el agua te cubra los hombros, otro aborigen se pone como un loco a tocar el silbato para decirte que de ahí no pases. Pero no todo va a ser malo. Hay un tercer aborigen paseando cerca de nosotros, negro como el carbón, con unos dientes blanquísimos de sonrisa eterna y un pitillo, de olor inconfundible, en los labios. Ni doña Chespira ni yo fumamos pero la añoranza me puede. Recuerdo mis años de facultad y algún porrete de marihuana fumado furtivamente entre veinticinco colegas. En Jamaica la marihuana es legal y yo estoy dispuesto a darle gusto al pulmón y a la ensoñación isleña. Pero mis sueños de libertad fueron cortados de inmediato por doña Chespira que dijo que, de porros nada, que ya no estoy en edad y que no tenía ganas de llevarme al barco a rastas… digooo a rastras. En su lugar me invita a un coco y a un vaso de ron que está espectacular. Otro bañito, otro intento de alejarme de la orilla y nueva bronca del aborigen silbatero. A eso de la una de la tarde, después de cinco negativas más de mi señora a mis cinco peticiones de ayudar a la economía del pobre vendedor marihuanero, decidimos que es hora de comer. El toque de queda del barco es a las cinco y calculamos que todavía tendremos tiempo de pasear por las abarrotadas calles de la ciudad. En la misma playa hay un chiringuito, tomamos asiento, nos traen la carta, realizamos la comanda, pedimos otro ron, nos traen el ron pero no la comanda, insistimos una hora después, el pescado sin venir, nueva reclamación y yo insistiendo en que nos largásemos de allí haciendo un Simpa en toda la regla. Pero mi señora pa estas cosas es muy mirada y vuelve a buscar a nuestro camarero que aparece a eso de las tres y media de la tarde con un plato de pescado reseco y unas alitas de pollo en salsa jamaicana que hubieran rechazado hasta los internos de Auschwitz. Comemos a toda prisa porque los barcos no esperan. Pedimos la cuenta, todo en inglés, entregamos forty us dollars y, en lugar de devolvernos ten dollars, nos devuelven solo five dollars. El aborigen jamaicano de los cojones nos ha tangao five dollars by the face. Pero el último autobús en dirección al MSC Opera sale en ten minutes y todavía tenemos que llegar hasta la parada que ni bitch idea de where is it. Total que damos por perdidos los dollars y lamentamos que no haya un muñequito de vudú con varios pelos y uñas del camarero pa tirarlo al mar en alguna zona infectada de sharks. Llegamos al puerto con veinte minutos de antelación que son suficientes para ver algunas tienditas ¿Ya les he dicho que doña Chespira tiene “tienditafilia”?. Entramos en dos o tres con la idea de comprar café Blue Mountain y ron del país. Pedimos precios y llegamos a la conclusión de que nos sale más rentable tomar ese café y ese ron en el hotel Ritz de Madrid. Al final, cinco dólares en media docena de lapiceros con la cara de Bob Marley y chutando pal barco que ya es la hora. El último acaecido digno de mención se produce cuando subimos a la cubierta 13 para ver la partida del buque. Suena el claxon del mismo varias veces, nos ponen la cancioncilla de Andrea Boccelli que dice algo de la despedida, el claxon que vuelve a sonar, el barco que sigue sin salir a pesar de que ya pasan más de veinte minutos de la hora prevista. Finalmente desmontan la rampa de acceso y, un instante antes de que se suelten amarras, vemos a lo lejos, en el muelle, un taxi que llega pitando a toda leche. Del taxi bajan media docena de personas que, evidentemente llegan tarde. Corren por el muelle del puerto y, en mis pensamientos, animo al capitán del barco pa que los deje en tierra. El tipo debe ser buena gente, desde luego mejor persona que yo, y manda que vuelvan a colocar la rampa para que los tardones puedan subir al buque. El diablillo que se ha colocado sobre mi hombro mirando la escena tuerce la cara desilusionado. Quizás en la próxima ocasión tengamos más suerte y veamos el careto de los pasajeros impuntuales en el muelle mientras el barco se pierde por el horizonte. Mañana tocaremos Gran Caiman y mañana será otro día.

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    1 año 10 meses antes #1918352 por Carina_

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  • Que nos recomiendas para hacer en Jamaica? Te parece que da para ir a las cascadas o mejor playas y caminata por la ciudad? Gracias por los relatos!

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